jueves, 26 de noviembre de 2009

Juan Antonio Lavalleja

JUAN ANTONIO LAVALLEJA

INTRODUCCION

En octubre de 2002, el monumento ecuestre de la plaza Libertad de esta ciudad de Minas, cumple 100 años. Es intención al producir este trabajo, rendir homenaje al caudillo y auxiliar la difusión de su gesta, en los momentos más inciertos de nuestra historia. No es un trabajo biográfico ni un tratado de historia, es una síntesis general que facilita el acceso al tema.

El Uruguay necesita una buena dosis de su propia historia de crisis, de miserias, de grandezas y de confianza en el futuro. Lavalleja, apuesta todo, su persona, su hacienda, su honor y la seguridad de su familia a favor de un país que crece en una historia que no depende de las buenas intenciones sino de la humana realidad.

Los próceres atraviesan los momentos más inciertos de nuestra historia y aún así tienen confianza en hacer lo que creen más conveniente para su patria, en el acierto o en el error. Cuando toman una decisión las consecuencias se juzgan después y aveces por quienes no estuvieron en la situación. Nadie tiene culpa de la época que vive, pero necesitamos más sacrificios personales, de clase, de partido y de facción. Debe importarnos menos que los demás nos crean buenos.

Reivindico la Historia del Uruguay, que enfrenta al olvido de las “ciencias sociales” que desconocen hechos, fechas y hombres, a favor de conceptos abstractos, de anacronismos escalofriantes y de juicios valorativos soberbios. Reivindico hombres, fechas, documentos, hechos y decisiones frente a tanta mescolanza extraña de los nuevos “aprendices de brujo”.

No existe la Revolución sin revolucionarios y no existe la Reacción, sin reaccionarios, individuos comunes y corrientes, llenos de los mismos celos, ambiciones, grandezas y mediocridades.

No existen las recetas conceptuales que explican todo con dos o tres ideas simplificadas. Antes que recurrir al materialismo histórico y dialéctico no habría que reconocer condiciones más humanas como la soberbia, la ambición y la avaricia. El Che Guevara, Batlle, Artigas y Saravia, no son compatibles.


La historia se estudia por un problema presente. El Uruguay está aquejado de una profunda ignorancia de si mismo y lleno de discursos “intelectuales” absolutamente divorciados del cotidiano.

Cuando los niños de la escuela ó el grupo de Uni3 me preguntan por aspectos concretos de la vida y época de Juan Antonio Lavalleja, me invaden las dudas.

Cuando oigo las cantinelas repetitivas de “en esta casa, hoy Casa de la Cultura y en esta habitación nació Juan Antonio Lavalleja”, “Manuel Pérez, el padre de Lavalleja, fue fundador de la ciudad de Minas”, “los Lavalleja tenían una estancia, que ahora es la estancia “Lavalleja”.

Los errores a fuerza de repetirlos pueden desplazar la verdad.

En la realidad no existe la Historia, existe la Historiografía, esto es las versiones de la historia que cada historiador ha producido a partir de sus investigaciones y sus valoraciones.

El historiador debe ser un perro de presa, rastrear las dudas, encontrar las pruebas y cazarlas. Confirmar verdades y deshacer falsedades exige tiempo y paciencia. En el caso del profesor, tiene la responsabilidad de plantear las dudas y evitar los fondos literarios o ideológicos.

No intento darle al lector un trabajo erudito, solo las reflexiones de lo que he leído y las múltiples dudas que me aquejan.

Si tenemos infinitas dudas de lo que ocurrió al comienzo de nuestra historia, que podemos decir de nuestra historia reciente.












LAVALLEJA

Las imágenes de Lavalleja

Tres son las imágenes de Juan Antonio Lavalleja: el óleo de Juan Goulou, que lo presenta con el clásico entorchado de general; el óleo de Juan Manuel Blanes, el “Juramento de los 33” y el monumento ecuestre en Minas.

Lavalleja emerge con varias facetas: un conductor, guerrero infatigable; un gobernante, estadista con claro sentido del orden y un sujeto doméstico, hombre de hogar y trazo romántico.

Son autores de sus biografías más conocidas: Isidoro de María, Julio María Sosa, Eduardo de Salterain y Herrera, José María Fernández Saldaña, sin contar las exhaltaciones de Juan Zorrilla de San Martín. De Salterain en su libro “Lavalleja” realiza varias reflexiones sobre el hacer del historiador y expresa que el riesgo más común es querer explicar las conductas individuales con simplificaciones arbitrarias. Hubo decisiones personales que quedaron en la intimidad de los protagonistas. En la vida de Juan Antonio Lavalleja y de su compadre Fructuoso Rivera, fueron muchas las que ellos mismos silenciaron.

Sobre Lavalleja hay profundas controversias y mayores silencios, relegado aveces hasta el olvido sin duda debido a que no fue hombre de partido y el fervor no despertó a los defensores y detractores.

De Lavalleja escribe Luis Alberto de Herrera:

“Que poca justicia se le ha hecho a pesar de que nada mancilla su legendaria memoria. Se ha escrito para intentar disminuirlo, sin que todavía haya aparecido el libro definitivo que tanto merece. Su valor intrépido y su desinterés cruzan toda la primera historia. Es de los herederos directo del blandengue, a cuyo lado se formara. Sufre largo cautiverio, como castigo; pero es indomable. Su respuesta la da el reto de la Agraciada, por independencia o muerte, como reza su bandera. La de Artigas y la suya, fueron las únicas enseñas del ciclo heroico... Denodado, incorruptible, fiel a la patria, siempre y sin un desmayo al dominador intruso solo le pide un campo para combatirlo y si vencido de él solo acepta la gran adversidad. Constante y sin queja, el sacrificio es su escuela; su modestia excede, aún a sus méritos de gran patriota, y su honradez de manos y de conducta militar y cívíca es española: de la buena”.

El linaje de los Lavalleja

¿Quién es Manuel Pérez de Lavalleja?

Manuel Pérez de la Valleja es natural de Bielba, Valle de las Herrerías, vecino de Oviedo, provincia de Santander. Es hijo de Pedro Pérez de la Valleja y de María Gómez de la Torre, casados en 1755, en cuyo hogar nace e1 14 de setiembre de 1757.

Es de notar que proviene del mismo paraje que los Latorre, con los que habría parentesco y vecindad.

Salterain, dice que es natural de Huesca y Luis Baumgatner, que es de Huelva. Los dos reiteran los errores difundidos por Isidoro de María y por Antonio Díaz.

Manuel Lavalleja aparece registrado con ese nombre, apellido y de origen montañés, en un documento de autor anónimo al que hace referencia Aníbal Barrios Pintos.

El apellido aparece con tres grafías o formas de escribirlo: Pérez de la Valleja, Pérez de Lavalleja y Lavalleja. Son inconvenientes otras especulaciones respecto de que Juan Antonio se cambió el apellido al iniciarse la revolución.

Manuel Pérez de la Valleja es oficial de milicias, emigra al Río de la Plata y se afinca en las Sierras de Minas con el atractivo del oro ó del ganado. Tal vez haya venido con las tropas que trajo el virrey Pedro de Cevallos en 1776. El joven tendría 19 años y estaría en edad militar.

Está probada la fecha de su fallecimiento en Minas el 14 de setiembre de 1800. No en 1817 como se ha repetido. Si observan otra duda, la fecha de nacimiento coincide con la fecha de fallecimiento. Error del historiador o del impresor.

Un Manuel Pérez que aparece en la lista de fundadores de Minas, puesta en mármol en el patio de Casa de la Cultura, no es el padre de Lavalleja.

Manuel Pérez de Lavalleja tampoco aparece como proveedor de la villa, ni como empleado de obras, ni poblador, no figura en la lista de 40 casas alrededor de la Plaza y tampoco figura en la lista de pobladores del 31 de julio de 1784, ni en los reclamos hechos por los fundadores en 1786, ni siquiera en la lista de solteros.

Está confirmada una donación de chacra de 12 cuadras igual a las 40 chacras de los fundadores. Esta donación fue hecha por Miguel Olavarrieta en 1784. Estas chacras estaban comprendidas entre los arroyos San Francisco, Campanero y del Metal (hoy la Plata).

Posiblemente Manuel Pérez haya reclamado una suerte de estancia, durante el “arreglo de los campos”. En 1797, el virrey Pedro de Melo aprobó su ascenso de subteniente de milicias a alférez, sería entonces un legítimo derecho o debida recompensa.

La casa “Lavalleja” (hoy Casa de la Cultura) se menciona limitando con Felipe Castañeda, Fermín Beracochea e Ignacio Fernández. Los solares donados en Minas fueron de 8 por manzana. Esa esquina no está entre los primeros 40 fraccionamientos.

Florencia Fajardo agrega que en 1789, existían 7 pulperías en la villa de Minas, seis en manos de pobladores (Domingo Castro, Mateo Varela, Francisco Buela, Agustín Bartolomé, Juan Amor y Tomás Melgar) y solo Manuel Pérez de la Valleja, es pulpero y no es poblador. Su actividad de pulpero está confirmada por su testimonio en un pleito por los diezmos, que data de 1792. No hay referencia donde estaba la pulpería, pero podemos suponer como actividad común el acopio de cueros para enviarlos a Montevideo.

Salterain, siguiendo a Antonio Díaz, ubica a los Lavalleja en el paraje del Chileno, sobre los arroyos Chamamé, La Cruz, Casupá. Los datos son confirmados por documentos referidos pero no citados ni reproducidos, de 1793 de la Escribanía de Gobierno.



El coronel Juan Vázquez en el capitulo de biografía de Lavalleja dice que “Manuel Pérez era un hacendado que gozaba con su familia de holgada posición económica, su estancia se hallaba en los alrededores de la ciudad de Minas, en la región serrana donde nace el río Santa Lucía y allí transcurrió la infancia de Juan Antonio”. Pudo pagar un maestro particular, lo que es referido también por Edmundo Narancio, Manini Ríos y Barrios Pintos.

¿Y la estancia Lavalleja?

Florencia Fajardo, no encontró referencias de que los Lavalleja vivieran en Santa Lucía. Los litigios entre ocupantes de tierras y denunciantes de tierras, monteadores y caleros, no lo mencionan como vecino. Tampoco aparece su nombre en las denuncias de tierras presentadas antes de 1784: Manuel Fuentes, Cosme Alvarez, Gregorio Trías, (sobre el Mataojo y el Solís) Sebastián de León (sobre el Campanero), Jerónimo Muñoz y Antonio Cortés (sobre el Aiguá).

Otros reclamos de tierras pertenecen a Miguel Prieto, José Rodríguez, Pedo Bentancur y Francisco Pérez. Tal reproduce Aníbal Barrios Pintos en los planos de “Minas”.

No se ha investigado específicamente la relación con los Artigas. Manuel Artigas y José Nicolás Artigas aparecen afincados en Santa Lucía, entre 1793 y 1801 y Martín José Artigas, en Casupá en 1805. Otra denuncia de tierras era de Felipe Pascual Aznar, suegro.

La instalación de los Artigas en Casupá data de 1764 y se presentaron cuatro denuncias: Juan Antonio Artigas, Martín José, Esteban y José Antonio. Juan Ignacio Martínez, obtuvo las tierras desde el Gaetán y el Soldado hasta Polanco. Sobre el Chamamé aparecen Manuel Latorre y Porfirio Saravia.

Hay una denuncia de tierras de Joaquín de Viana desde el río Santa Lucía, al sur y al oeste, al Casupá por el norte, el Soldado y el Metal por el este hasta las asperezas de Polanco. ¿En estos terrenos estaría Manuel Pérez como ocupante, a la espera de las concesiones que se hacían a los militares establecidos y con familia? ¿O vivía en tierras de su suegro, socio de Juan Antonio Artigas?


¿Quién es la madre de Juan Antonio Lavalleja?

Ramona Justina de la Torre es hija de Antonio de la Torre y de María Josefa Mendoza, de la que no se ha encontrado la partida de bautismo. Appolant supone que habría nacido entre 1764 y 1770. En otra referencia habría nacido el 19 de abril de 1764 y se habría casado el 19 de abril de 1784. De todas formas la madre de Lavalleja se habría casado embarazada.

Antonio de la Torre o Latorre, es natural de Villar de Viernales en el obispado de Santander, arzobispado de Burgos y habría nacido hacia 1735.

María Josefa Mendoza, Dávalos y Mendoza, es un apellido con dos grafías, es natural de Santa Fe en la Provincia de Buenos Aires. Posiblemente Antonio de la Torre haya venido a la Banda Oriental con las tropas de Pedro Cevallos, movilizadas en 1762 y 1763 durante las guerras con los portugueses.

El matrimonio de Antonio de la Torre y María Josefa Mendoza, aparece censado en 1769 en el curato de Pando, con una chacra sobre el arroyo Pando, vecinos de Juan Antonio Artigas. Allí tienen tres hijos: Ventura o Buenaventura, María Antonia y Ramona.

Antonio de la Torre fue alcalde de la Santa Hermandad, en Pando, hasta 1773, tenía 38 años y 2 hijos (uno habría fallecido siendo niño). Dos de sus tres hijos aparecen bautizados en Montevideo en 1764 y en 1770. Tal vez por un desliz del autor o del impresor, se ha confundido esta estadía en Pando con su presencia en Canelones.

Antonio de la Torre, dio testamento en Minas el 21 de diciembre de 1787 declarando ser natural de Uceda en Santander, hijo legítimo de Antonio de la Torre y de María García y casado en Santa Fe, en 1764, con María Mendoza. Dejaba 5 hijos: Buenaventura o Ventura, Tomás, Andrés (comandante de las tropas de Artigas) José Antonio y Ramona. Son sus albaceas, su mujer María Mendoza y su yerno, Manuel Pérez de la Valleja. Falleció en Minas, el 24 de diciembre de 1788.



La viuda María Josefa Mendoza, se casó por segundas nupcias el 3 de octubre de 1789 con José Rodríguez y fueron sus padrinos: Manuel Pérez de la Valleja y Ventura de la Torre. Para 1811, en el padrón del Éxodo, figura como viuda por segunda vez.

Los tíos maternos de Lavalleja: Ventura se casó en Minas el 13 de marzo de 1778 con Joaquina Abella; Andrés se casó el 4 de marzo de 1801 con Pascuala Ramos, viuda de José Sanchez; Tomás se casó con Juana Rodríguez, sin fecha.

Los hermanos de Juan Antonio

Del hogar de los Pérez de la Valleja y la Torre nacen:

1. Juan Antonio, fue bautizado el 8 de julio de 1784 en Minas. La fecha del 24 de junio es una hipótesis de Angel Vidal quien la determinó según el santoral ya que corresponde a la fiesta de San Juan Bautista. Agrega además que su padre era estanciero y lo ubica en Santa Lucía.

Barrios Pintos en su libro “Lavalleja” dice textualmente que “presumiblemente naciera el 24 de junio”, ya que en la partida de bautismo dice, “de algunos días nacido, bauticé el 8 de julio”. De que Lavalleja nació en la casa paterna está recogido en una cronología sin autor, anexa al libro y que contradice lo que el autor anota en la biografía. El único documento fehaciente es la partida de bautismo.

2. Maria Juliana (17 de febrero de 1787) casada con José de La puente, comerciante de Montevideo.
3. Josefa de la Cruz, (13 setiembre de 1785), casada con Felipe Iglesias, comerciante de Paysandú.
4. María Magdalena (22 de julio de 1788) casada con Gorgonio Aguiar, capitán de Artigas desaparecido en Paraguay.
5. Francisca Paula, (9 de marzo de 1790) que falleció soltera, compañera inseparable de doña Ana Monterroso.
6. Salterain y Barrios Pintos mencionan a otro hermano: Fermín Benito Lavalleja, nacido el 7 de Julio de 1794 y que murió soltero en Melo.
7. Antonia (25 de abril de 1796), casada con Pedro Sierra, hermano de Atanasio, uno de los 33.
8. Marcelina, (25 de abril de 1796) que falleció soltera en Paysandú, en 1880.
9. Manuel, bautizado el 20 de setiembre de 1797 en Minas. Un error difundido por Fernández Saldaña, lo anota nacido en Montevideo. Acompaña a su hermano en todas las campañas. Casa con Juana Faustina La Puente González, hija de su cuñado, el 20 de agosto de 1826 en Las Piedras, de este matrimonio no quedan hijos. Manuel Lavalleja murió “del corazón como todos los Lavalleja”, en sus campos de Salto, siendo Jefe Político, el 9 de julio de 1852

El éxodo de la familia

Después del Éxodo, de 1811, los Lavalleja ya no están radicados en la región de Minas.

Ramona de la Torre, falleció en Paysandú el 21 de setiembre de 1849, donde vivía con sus tres hijas, Josefa, Marcelina y Maria Magdalena y 3 esclavos.

En 1821 cuando los Lavalleja Monterroso vuelven al país, reingresa a la milicia en el Regimiento de Dragones, es jefe de un piquete de policía en Durazno y se instala en el rincón de Zamora en Tacuarembó. Los portugueses levantaron el embargo de sus bienes. ¿Porqué no se instalaron en Minas?

En 1823 toda la familia se traslada a Buenos Aires donde establece un saladero con Pascual Costa, Luis Ceferino de la Torre, Pedro y Jacinto Trápani.

En 1823 todos sus bienes son embargados. No hay mención de la estancia de Minas. Dicho embargo afecta a la estancia, herencia de Antonio de Latorre, en la costa del Santa Lucía Grande, en el paso de Fray Marcos (departamento de Canelones), la pulpería de Tacuarembó, con mil vacunos, mil caballos y nueve carretas con 3 yuntas cada una.

En 1832, el embargo que le realiza el gobierno de Fructuoso Rivera afecta la estancia sobre el arroyo Antonio Herrera, departamento de Durazno, con 36.000 vacunos, 8.500 toros y 5.000 yeguas.

Los reclamos de Lavalleja, según Barrios Pintos, por daños y perjuicios durante 1838 mencionan solo los campos de Salto (administrados por Manuel Lavalleja), sobre el Arapey Grande, Mataojo Chico, Cuchilla de Haedo, Yaguarí, Tacuarembó, Laureles, Cuñapirú, Arapey Chico, costa del Uruguay, Yacuy y Yerbal. 110 leguas.

Recién en el testamento de 12 de marzo de 1858 de Ana Monterroso, ante el escribano Juan Cardozo aparecen: la casa familiar de calle Zavala, la quinta de 43 cuadras del Miguelete, 848 cuadras en Canelones, los campos de Salto y una suerte de estancia en Minas. Como herederos figuran: Adelina, Ana, Juan Antonio, Constantino, Francisco y Elvira.

Doña Ana Monterroso falleció en Montevideo el 28 de marzo de 1858.

Infancia y juventud

Poco se sabe de la infancia y juventud del protagonista, un testimonio confiable es el de Antonio Díaz, hijo de Antonio Díaz que acompañó a Lavalleja, y que fue además militar e historiador contemporáneo suyo:

“pasó su juventud en un completo abandono respecto de educación, y que después su carrera fue la del trabajo de campo, conduciendo algunas veces carretas y empleándose en las faenas de las estancias, sin que esto quiera decir que le hizo poco favor el ser trabajador humilde y honrado, ni que careciese de una favorable predisposición y condiciones que más tarde habrían de colocarlo sobre todos sus conciudadanos en la carrera de las armas y en el camino de la gloria, inmortalizando su nombre”.

No hay escuelas en la zona, las únicas establecidas están en Montevideo y las costumbres de la época dan por suficiente instrucción saber leer, escribir y contar.

Edmundo Narancio, siguiendo a Manini Ríos dice que Juan Antonio Lavalleja estudió en la escuela de Rolando Ximeno y a temprana edad, leía y escribía con fluidez, aunque rudo e intempestivo y sin ortografía como es propio de la época.

La faena del campo exige saber mandar hombres, conducir reses, amansar potros, carnear, marcar, herrar, juntar, descubrir las emboscadas de matreros, de indios, de los portugueses, tratar con contrabandistas, encontrar el rumbo en medio de los montes o de noche... vivir y trabajar con el arma al brazo. Entre armas y herramientas no hay diferencia: las boleadoras, el cuchillo y las moharras de media luna.

Una lista de milicianos del año 1801, recogida por Florencia Fajardo, incluye en el contingente de la villa a un Juan Pérez, pero no ha sido posible probar si es Juan Antonio, entonces de 17 años.

Retratos

El carácter de Lavalleja se juzga de una inflexibilidad no exenta de cierta arrogancia y carente de tacto político que sobra en otras oportunidades, escribe Goldaracena.

Retomando a su contemporáneo Antonio Díaz, escribe que era hombre de coraje a toda prueba, con virtudes y defectos; bondadoso y honrado, obstinado:

“oriental de reconocida bravura, dotado de buenas intenciones como patriota y lleno de méritos por sus antecedentes y servicios consagrados a la libertad, y si a estas dotes hubiese podido reunir la facultad de vistas políticas que tanta falta le hicieron, habría sido el hombre a quien en ningún terreno hubiera podido disputar el general Rivera la supremacía... era rudo, inflexible como la vara de hierro...”

Su retrato más conocido lo describe:

“...de baja estatura y en la época de la cruzada era ya algo grueso, tenía facciones muy pronunciadas, nariz grande y corba, ojos y pelo castaños, carecía de bigote y su misma patilla que usaba abierta no era del todo abundante, sus costumbres eran sencillas, y su modo de vestir podía rayar en descuidado, no preocupándose jamás de los que exigía la moda... su carácter era franco y jovial y decidor, hablaba en exceso y sin preocuparse del efecto que podían producir sus ideas en su auditorio. Tenía extremada afición alas carreras de caballos y este tema era el que alimentaba la mayor parte de sus discursos...”

Su coraje a toda prueba fue inmortalizado en los versos de Francisco Acuña de Figueroa en su “Diario Histórico” donde recopiló una cifra cantada al caudillo:

“Un joven osado se vio en la guerrilla
del campo enemigo, al frente avanzar
y corre y resuelve y a gritos retaba
al bravo que quiera salir a lidiar,
cual cuzco faldero con flaco ladrido
persigue importuno al grueso lebrel
así el atrevido incauto insultaba,
a los que apenas curábanse de él.
El joven soberbio que ayer desafiaba
a invictos guerreros del bando legal,
hoy torna de nuevo y algunos afirman
ser un Lavalleja, teniente oriental,
cobardes gallegos con ciega osadía
gritaba, y gallegos no había en la facción,
y dando carreras, que vengan repite,
quien quiera conmigo probar su latón,
De pronto en las zanjas, oscura emboscada,
diez truenos a un tiempo descargan sobre él.
Sorpréndese el joven, cercado se mira,
Escapa, llevando sangriento el corcel”.

Cuando cae prisionero de los portugueses en 1818, se debe a su propia imprudencia de cargar con menos de 12 de hombres a una guardia enemiga que descubre en puntas del Valentín sin percatarse de que en el bajo del arroyo está el resto del escuadrón portugués.

Los portugueses lo ponen preso en cepo de lazo, lo llevan a pie y en el campamento del general Joaquín Curado se le recibe bien pero lo mantiene esposado y a la brevedad lo remite por barco, vía río Uruguay a su prisión en Río de Janeiro.

La Historia y Lavalleja

Fernández Saldaña es un duro crítico de Lavalleja

“envuelto en el torbellino de disidencias y ambiciones de la época, deseoso naturalmente de mando y sin las luces que son atributo esencial de los hombres de gobierno, el general Lavalleja se extravió prontamente en una serie de violencias de orden político administrativo culminando en el disolución de la Junta de Gobierno que presidía Joaquín Suárez, ejecutada por su orden el 12 de octubre de 1827… vivió en cambio casi 30 años más, toda una vida que no agrega nada a la gloria de los 20 años bien servidos de su actuación anterior, vida en la cual por otra parte se han resistido a ahondar casi siempre sus biógrafos… desvinculado de ambos bandos tradicionales pese a que blancos y colorados reclaman para si lo que ya era una reliquia de los tiempos heroicos, el coronel Melchor Pacheco y Obes que esos mismos tiempos tenía mucho ascendiente sobre el débil espíritu del anciano brigadier lo incluyó en el Triunvirato”.

Aníbal Barrios Pintos dice, con la profesionalidad del historiador:

“La vida del personaje histórico que se pretende exponer en tan corto número de páginas es compleja y polifacética. Hombre de un tiempo heroico, es el Libertador de nuestra patria… el desembarco de la Agraciada tiene sitio imperecedero en nuestra historia. La batalla de Sarandí es uno de los sucesos militares de mayor dimensión en la epopeya nacional. Pero, Juan Antonio Lavalleja no es solo el héroe de relámpagos de gloria, elevado a las alturas del mito. Es el patriota, el militar, el caudillo, el gobernante, el estadista, el politico, el cautivo, el revolucionario, el expatriado, el hacendado, el saladerista,-para ganar el pan de los suyos- el fundador el Estado, el hombre de carne y hueso, con sus pasiones, sus altiveces, su sinceridad, sus virtudes y sus defectos”.

Eduardo de Salterain, con mucha filosofía de historia y de política dice a su vez:

“conviene calibrar bien el juicio para llegar al entendimiento de las cosas, ya que la mayoría de los errores de interpretación histórica proceden de la simplicidad con que se estiman las actitudes individuales. Pues por lo común los hombres que nuclear en si el favor colectivo no piensan de los asuntos públicos de modos terminante y definitivos, como apetece la multitud que polariza en aquellos sus ansias. Responden a la realidad cambiante y compleja de la vida, con modos de pensar y de actuar complejos también y según el devenir de los acontecimientos”.

En este trabajo están recogidas otras dos opiniones, una de Luis Alberto de Herrera y otra de Víctor Arreguine. Puede ver entonces el lector, que no existe una historia sino tantas historias como historiadores a la hora de explicar, en tiempos distintos, los mismos hechos.


Doña Ana Monterroso de Lavalleja

Juan Antonio Lavalleja casa con Ana Micaela Monterroso y Bermúdez, el 21 de octubre de 1817 en la Florida, representando al novio su jefe, Fructuoso Rivera.

Pedro Montero López siguiendo el modelo historiográfico de Isidoro de María, recrea una escena en una calle de Montevideo, donde Ana y Juan Antonio se encuentran. La literatura sustituye a la historia documental y abre el espacio a la imaginación y la anécdota.

Según Isidoro de María, cita que repite Salterain, el padre de Lavalleja se opuso a la boda, por ser los Monterroso insurgentes y liberales pero, está probado que don Manuel Pérez había fallecido en 1800.

Ana Monterroso nace en Montevideo el 3 de setiembre de 1791.

El padre, Marcos José da Porta Monterrosso, es natural de Fefiñanes en Galicia. Es gallego de noble cuna, hijo de Francisco de Porta Monterrosso y de Tomasa de Viñas y Santiago, con derechos de primogenitura en Cores de Galicia. Don Marcos Monterroso es Depositario General del Cabildo, comerciante y fianza de Martín José Artigas.

Son los Monterroso, familia de alcurnia, buena educación, notorias influencias y fortuna, a lo que Ana une genio y vehemencia, este sería el presunto origen del “date corte Juan Antonio no te quedes atrás”.

Ricardo Goldaracena se opone a la costumbre de que Lavalleja estaba sujeto a la voluntad de su mujer y dice “a Lavalleja no lo gobernaba su mujer, Lavalleja formaba con ella una unidad inseparable que para nada puede resultar insólita a quien esté dispuesto a entender que el amor y la comprensión son capaces de obrar milagros en una pareja”.

Manuel Francisco Bermúdez, abuelo materno de Anita, fue soldado y casó con María Ignacia Artigas, el 25 de abril de 1754, era natural de Villa Salvatierra, en el obispado de Tuy en Galicia, hijo de Juan Bermúdez y de Francisca Alvarez.

Manuel Francisco Bermúdez, es el padrino de Manuel Francisco Artigas .

María Ignacia Artigas, abuela materna de Anita, es hija de Juan Antonio Artigas y de Ignacia Carrasco. Tía de José Gervasio. El matrimonio Bermúdez Artigas se hizo de una suerte de estancia en Solís Chico (1759) un solar en los extramuros de Montevideo, otra suerte de estancia sobre el Arroyo Carrasco (1768) y de un horno de tejas. Manuel Bermúdez falleció el 5 de diciembre de 1787, dejando como albacea a su yerno, Manuel Barreiro.

Las tres hijas del matrimonio Bermúdez- Artigas se casaron con ventaja:

Bárbara con José Manuel Barreiro, el 12 de noviembre de 1775, matrimonio del que nacieron 2 hijos ilustres, ambos constituyentes en 1830: Miguel Barreiro (5 de julio de 1789) y Manuel Barreiro (24 de marzo de 1783).

Juana, criolla, nacida en 1758, con Marcos José Monterrosso y Porta, el 2 de agosto de 1779, padres de otros dos ilustres: Ana Micaela, esposa de Lavalleja y José Benito nacido el 20 de junio de 1790.

Lorenza con Juan Bautista Jáuregui, el 29 de setiembre de 1788.

La familia Lavalleja – Monterroso, al volver de sus exilios en 1821, en 1827, en 1835 y en 1851 se instala en la actual “Casa Lavalleja” propiedad del Museo Histórico Nacional en calle Zabala entre 25 de Mayo y Cerrito. Durante la Guerra Grande vivieron en la quinta del Miguelete.

En este matrimonio nacen:

Adelina, casada con Nicanor Albarellos Pueyrredón.
Ana, casada con Antonio Landívar.
Elvira, casada con Santiago Calzadilla.
Francisco, que fallece sin hijos.
Ovidio, que muere joven.
Constantino, casado con Elvira Canstatt.
Juan Antonio, casado con Ventura Candel.

En esa casa fallece doña Ana el 28 de marzo de 1858. Juan Antonio había fallecido el 23 de octubre de 1853, en el Fuerte, antigua Casa de Gobierno y Residencia de los Gobernadores Españoles, ubicada en el espacio que hoy ocupa la Plaza Zabala.
Historia de amor y coraje

Ana Monterroso está en el campamento de Purificación cuando su esposo cae prisionero. Artigas había dado la orden de que todas las mujeres pasaran a Concepción del Uruguay “Arroyo de la China”, ante el peligro de que los portugueses llegaran.

Solicita y obtiene permiso de Artigas y del mando portugués para acompañar a su marido a Río de Janeiro, embarcando en la misma nave que lo lleva.

El comandante portugués de la armada portuguesa en el río Uruguay, Sena Pereira permite el embarque de Anita y de una hermana de Lavalleja. Pedro Montero López recrea la escena, a bordo de la goleta “Oriental”.

“…las señoras fueron alojadas con todas las comodidades… se consideró deber, mostrarse con el prisionero caballeresco y generoso, quitándole los hierros… quedó completa y agradablemente sorprendido y agradecido viéndose dentro del camarote de aquella embarcación y mirando aquellas dos señoras durmiendo tranquila y plácidamente, con toda decencia y decoro y que fueron despertadas de improviso por el mágico sonido de la voz del esposo y hermano, se precipitaron como pudieron sobre el feliz prisionero, que las recibió en brazos…”

El transporte hasta Río fue a bordo del “Reina de Portugal”.

En Río de Janeiro se alojan en Isla Das Cobras. La isla es pequeña y se encuentra en el centro de la Bahía de Guanabara; muy posiblemente se usara para cuarentena y no como alojamiento. En la entrada de la Bahía está la fortaleza de Santa Cruz y es allí donde alojaron los prisioneros.

Los recibe el regente de Portugal, Juan VI, en cuya capilla se bautiza la hija mayor de Lavalleja, Rosaura, el 13 de abril de 1819. Fueron sus padrinos el conde y condesa de Viana.

La segunda hija de Lavalleja, Elvira, nace el 3 de junio de 1820 y fue bautizada en la Matriz de Río, siendo sus padrinos, Francisca Lavalleja y Manuel Menezes y Castello Branco, hijo del conde de Viana.



En el viaje de retorno a Montevideo, nace frente a isla de Lobos, Edigio Juan Pedro, tercer vástago de los Lavalleja Monterroso. Significa entonces que el prisionero fue un internado, que permaneció con su familia, dejando de lado la “leyenda negra” de malos tratos.

El conde de Viana, comandante de la Marina portuguesa se interesa por los prisioneros y lleva a término la misión que Artigas encomendara a Francisco de los Santos de pagar rescate por los prisioneros y obtener su libertad en 1821.

De regreso a Montevideo en 1821, Juan Antonio Lavalleja sentó plaza, como 2º. Jefe en el Regimiento de Dragones, al mando de Fructuoso Rivera. Recibió un empleo de administrador de bienes intestados, por iniciativa de Nicolás Herrera y se instaló en el Rincón de Miguel Zamora, en Tacuarembó.

LA EPOCA COLONIAL

La población de la Banda Oriental reúne tres grupos étnicos: indios; blancos españoles, portugueses y criollos; y negros. El poblamiento es tardío y actúan como atractivos: el ganado, las minas de oro, la búsqueda de límites naturales entre las dos Coronas y el interés estratégico por los ríos.

La primera ciudad, fundada por los portugueses es la Colonia del Sacramento (1680) y la primera fundación española es Montevideo (1726).

Se agregan: Salto (1756) y Maldonado (1757) únicas poblaciones en un inmenso “desierto”, guardias de avanzada sobre el Río Uruguay y sobre el Río de la Plata. Al norte los 31 pueblos misioneros se extienden desde el Ibicuy hasta el Paraguay, 7 de ellos son dispersados después de la “guerra guaranítica” de 1754 a 1756.

Colonia es un eslabón más en la cadena de fundaciones y fortificaciones que realizan los portugueses a lo largo de la costa de América desde el Río de la Plata hasta el Amazonas.

La reacción española atiende a recuperar Colonia por la fuerza y a fundar uno o más establecimientos en la margen derecha del Río de la Plata y en las márgenes superiores del río Uruguay para asegurarlos, sin ocupar de forma permanente el resto del territorio.

El interior está ocupado por los indígenas nómades y los faeneros de ganado, tanto de Buenos Aires, de Montevideo, Misiones, Río Grande ó Colonia, es “tierra de nadie” ó “frontera hacia adentro”.

Los gobernadores de Montevideo 1750 – 1814

Los gobernadores son nombrados directamente por el Rey de España y sustituyen a los comandantes militares con sede en Montevideo, de acuerdo con la Real Cédula del 22 de diciembre de 1749. Los gobernadores dependen directamente del Virrey del Perú hasta la creación del virreinato del Río de la Plata en 1776.

Los gobernadores son la autoridad superior, política y administrativa. El Cabildo de Montevideo representa los intereses políticos, económicos y administrativos de la ciudad y su jurisdicción. El Gobernador es la primera autoridad de apelación del Cabildo en la defensa de sus intereses locales.

Desempeñan la función entre 1750 y 1814: Joaquín de Viana, Agustín de La Rosa, Simón del Pino, Antonio Olaguer y Feliú, José Bustamante y Guerra, Pascual Ruiz Huidobro, Francisco Javier de Elío, Joaquín Soria y Gaspar de Vigodet.

Los gobernadores tienen como tareas:

Asegurar la frontera “externa”

En 1750 se firma el Tratado de Madrid, de límites entre España y Portugal y la comisión presidida por el Marqués de Valdelirios acuerda con la parte portuguesa a cargo del Conde de Bobadela, la instalación de los marcos de la frontera, empezando en Punta del Diablo.

Estas comisiones instalan tres marcos de los que se conservan dos: uno en la plaza del vigía de Maldonado y el otro en la Fortaleza de Santa Teresa. En este tratado la línea fronteriza sigue la “divisoria de aguas” por la Cuchilla Grande. Uno de los marcos se levantó a 30 kilómetros de esta ciudad en la zona todavía conocida por “Marco de los Reyes”.

El gobierno debe atender la tarea de las comisiones demarcadoras y reprimir los levantamientos de los charrúas y de los 7 pueblos misioneros que se niegan a pasar a jurisdicción de Portugal.

La guerra misionera ocupa 3 años y reúne las fuerzas españolas conducidas por José Andonaegui, gobernador de Buenos Aires; Joaquín de Viana, gobernador de Montevideo y las portuguesas dirigidas por Gomes Freire de Andrade (conde de Bobadela). Los indios se dispersan en la campaña y es el antecedente de la expulsión de los jesuítas (1767).

El territorio oriental es escenario de continuas luchas entre España y Portugal. Los españoles emprenden sucesivas campañas militares en 1681, 1705, 1733, 1762-63, 1774 y 1776 contra el enclave de Colonia y para sostener la frontera de Río Grande. Portugal aspira a llevar sus fronteras naturales hasta la línea del Río de la Plata y el Río Uruguay y si es posible hasta la línea del Paraná Paraguay.

Carlos III, rey de España entiende que la solución militar debe acompañarse con el poblamiento del territorio. Los pobladores de la Banda Oriental deberán vivir con el arma al brazo. Edmundo Narancio destaca en consecuencia en el carácter de nuestro paisano el odio a Portugal y el amor a su terruño, propio de los pueblos de frontera.

Durante la época colonial, todos los vecinos deben realizar el servicio militar, lo que desarrolla muy fuertes lazos de solidaridad, lealtad y liderazgo. El ejército de milicias es la base del poblamiento y organización social de la Banda Oriental y de la Provincia. El servicio militar es un mérito importante a la hora de obtener una concesión de tierras donde afincarse.

El tratado de límites de 1777 estabiliza la frontera hasta la invasión portuguesa en 1801. Esta frontera exige la instalación guarniciones, que sobreviven aisladas a causa de la distancia a sus bases más próximas de abastecimiento de hombres y recursos. Entre Montevideo y Melo, hacia el 1800, solo se encuentran los pueblos de Pando y Minas. De Minas a Melo son 60 leguas vacías. La creación del cuerpo de blandengues en 1797 procura subsanar el problema.

Poblar

Sucesivamente se fundan: Canelones, Paysandú, Las Piedras, Rosario, Pando, San José, Santa Lucía, Minas, Mercedes, Rocha, Melo, Santa Tecla, Batoví, Belén, Florida... Cada vecino poblador recibe una suerte de chacra y una suerte de estancia. Toda la población se concentra en el sur y en el bajo litoral.

El norte y el centro del país continúan siendo un “vacío humano” a causa de la distancia y las amenazas de los portugueses y los indios. Este esquema de poblamiento se conserva intacto: en 5 departamentos del sur vive el 75 % de nuestra población.

La población de Montevideo crece rápidamente, empedra sus calles, mejora la edificación, pone reloj a su Iglesia, tiene Casa de Comedias y se extiende fuera de las murallas. Tejas, ladrillos, piedras y cal, maderas paraguayas sustituyeron la paja, el adobe y los cueros. Todo en menos de 70 años.

La fundación de los pueblos se asocia con un rápido proceso de ocupación de las tierras y de la apropiación de los ganados. Muy frecuentemente se obtiene primero la marca que el título de propiedad.

La Corona otorga la merced de tierras al vecino poblador (suerte de estancia de media legua por legua y media, aproximadamente 1.875 hectáreas) y reserva las tierras de “realengo” o fiscales para su venta en subasta pública si es necesario.

La tierra esta sometida a cuatro formas de propiedad: privada, Real, Municipal y Eclesiástica.

Las denuncias de tierras en las rinconadas de ríos y arroyos favorecen la formación de latifundios: Francisco de Medina, familia Viana Alzaybar, García de Zuñiga, Bruno Muñoz, Manuel Durán, Ignacio de la Cuadra, Francisco Antonio Maciel, Mateo Magariños, Faustino Correa, José Ramírez. Los Artigas disponen de una suerte de estancia en Suárez, otra en Casupá y las que reclama José Artigas en Arerunguá y en Batoví.

La ordenanza de 1751, favorece este proceso de ocupación desordenado, aunque el título de propiedad estuviera condicionado a la posesión efectiva, con producción y radicación, obligación reclamada por las propias autoridades españolas, viajeros, observadores y por Artigas en 1815.



Fomentar el buen gobierno

La creación del virreinato en 1776 tiene por motivos: crear una autoridad central, superior y fuerte frente a los problemas que se presentan: contener a los portugueses, a los indios, el contrabando y poblar asegurando las rentas necesarias para la hacienda española.

Resulta interesante la cantidad de impuestos que gravan las actividades económicas en tiempos de la colonia: almojarifazgo, alcabala marítima y terrestre, averías, mesada eclesiástica, vacantes, multas, papel sellado, diezmo, novena, patente de pulpería, azogue, salinas, tabaco, extracción de metálico, lanzas y limosna de la Santa Cruzada, correo, naipes y composición sobre las tierras ocupadas.

Para Ares Pons el monopolio comercial es el abuso más irritante de la dominación española, porque paraliza el desarrollo industrial y comercial imponiendo el atraso y la pobreza que resultan compensados con el contrabando. Cualquier parecido con nuestra realidad es correcto.

Los reyes de la Casa de Borbón, franceses, acceden a la corona española en 1700, cuando fallece Carlos II Habsburgo sin sucesión y por pacto trasmite la Corona a Felipe de Borbón, nieto de Luis XIV, rey de Francia. A esta familia pertenecen: Felipe V, Fernando VI, Carlos III, Carlos IV y Fernando VII. La Casa de Borbón reina aún en España, en la persona de Juan Carlos I. Solo fueron privados del trono durante las dos Repúblicas y durante el gobierno de Francisco Franco (1936 a 1976).

Ejercen el virreinato en el Río de la Plata desde 1776 hasta 1811: Pedro de Cevallos, Juan José de Vertiz, el Marqués de Loreto, Nicolás de Arredondo, Pedro de Melo y Portugal, Antonio de Olaguer y Feliú, Gabriel de Avilés, Joaquín del Pino, el Marqués de Sobremonte, Santiago Liniers, Francisco Javier de Elío, que declara abolido el virreinato en 1811 y Pascual Ruiz Huidobro, quien obtiene el nombramiento pero no puede ocupar el cargo.

Las reformas que inician los Borbón tienen la finalidad de recuperar la economía española frente a las nuevas potencias en vías de industrialización: Inglaterra, Estados Unidos y Francia. Inclusive el conde de Aranda propuso la independencia de los virreinatos creando los “infantados”.

Esta idea fue copiada por los ingleses cuando crearon los dominios en Australia, Nueva Zelandia y Canadá y les ha resultado excelente.
Las novedades introducidas en América reconocen dos fuentes: el absolutismo de Luis XIV y las Nuevas Ideas. Se siguen al efecto tres líneas de acción: centralización de la administración, colonización y liberalización parcial del comercio.

La centralización se concreta con la creación del Despacho Universal de Indias, dos nuevos virreinatos (Nueva Granada y Río de la Plata), cinco capitanías generales (Cuba, Guatemala, Venezuela, Chile, Filipinas), tribunales de la Real Hacienda y las intendencias (ocho para el Río de la Plata) que limitaron las iniciativas locales de los Cabildos.

Los Cabildos conservan en América su autonomía gracias a la distancia de la metrópoli y las capitales virreinales; y son el órgano representativo de las oligarquías locales.

La colonización permite fundar 23 pueblos en 30 años, solo en la Banda Oriental y ocupar las tierras.

La liberalización parcial del comercio con los “navíos de registro” (1740), permiso de comercio entre provincias (1765 y 1778) y de “libre comercio” (1778) enriquece a los exportadores de frutos del país e importadores de manufacturas.

De España heredamos una economía de base agraria extensiva, sin capitales industriales o comerciales y el atraso tecnológico sin mano de obra calificada.

Un cargo en la administración y los títulos de bachiller y doctor son garantías de ascenso social a falta de apellido, títulos familiares y tierras.

Marta Canesa en su libro “El bien nacer” hace referencia a la resolución de Carlos III que en 1783 declara por ley como limpios y legítimos los oficios manuales.

El mercantilismo que aplica España en sus relaciones con América, no es una doctrina científica, son decisiones prácticas que pretenden una autarquía o independencia económica total.

El tráfico de oro y de plata liquida la producción española y las restricciones limitan las economías americanas a la producción minera, ganadera y a la agricultura de subsistencia.

El reglamento de libre comercio de 1778 no resuelve el problema del monopolio por el que las casas comerciales españolas tienen prioridad en los precios de las exportaciones e importaciones. Tampoco resuelve el problema del contrabando, ni los permisos de comercio con extranjeros.

En todo caso, Montevideo se beneficia de tantos privilegios como se le otorgan: puerto “negrero”, terminal del correo naval, apostadero de la Marina, puerto habilitado al comercio, puerto de tránsito, comercio con países neutrales... Entre estos neutrales están los Estados Unidos.

La sociedad

El padrón de 1778 da a Montevideo una población de 9.358 habitantes: 6.695 blancos españoles y criollos; 1.385 esclavos; 562, negros libres; 538 pardos libres y 177 indios.

Todo el territorio al este del río Uruguay suma, en el 1800 unos 30.000 habitantes: Montevideo, 15.245; Canelones, 3.500; Minas, 450; Rocha, 350; Melo, 820; Santa Lucía, 460; San José, 350; Las Piedras, 800; Colonia, 300; Real de San Carlos, 200; Soriano, 1.700; Mercedes, 850; Pando, 300; Las Víboras, 1.500; El Espinillo, 1.300; San Carlos, 400; Maldonado, 2.000; Coya-Rosario, 300, Santa Teresa, 120 y San Miguel 40. Total: 30.685. Los pueblos de Misiones, 12.499.

Según un cronista de la época:

“En cuatro clases se puede dividir la población que cubre nuestras campañas: la de vecinos hacendados dueños de estancias; la de jornaleros, trabajadores ó peones de campo conocidos por gauchos o changadores; la de indios de Misiones y la de portugueses. La clase de hacendados estancieros es de dos especies: ricos ó pobres. Llamamos ricos a los que poseen una estancia mas o menos poblada de 80 a 100 leguas y pobres a los que solo manejan una suerte o casco de estancia de 8 a 10 leguas cuadradas... El terreno se adquiere a poca costa, el ganado de labor no tiene precio, la carne para el sustento cubre los caminos, pan ni se apetece, ni se gasta, la yerba mate vale poco y se cría por allí, vino y aguardiente no se da a los jornaleros, el domicilio de todos es un rancho pajizo, el vestuario solo es preciso para la honestidad; el agua llovediza es continua y toda la tierra está cruzada de ríos y arroyos de dulce y cristalina agua, la carretería se arma con bueyes; con que los aperos de labor son el más grande desembolso que tienen que hacer aquellos labradores”.

El país se caracteriza por la abundancia: tierras y en ganado, vacuno y caballar. La comida es barata y la autoridad del gobierno muy lejana. Las herramientas y las armas no tienen diferencia.

El paisano es hábil jinete y experto en el manejo de la “media luna”, el lazo, las boleadoras y el cuchillo. El cuchillo sirve para matar el ganado, cortar el asado, preparar el cuero, defenderse de las fieras o ultimar al rival en duelo singular defendiendo la honra personal.

La campaña contiene “a los gauchos” una sociedad “anárquica” en su sentido de la vida, igualitaria por necesidad y con un instinto de libertad que reúne a delincuentes prófugos, mestizos, contrabandistas, marineros y soldados desertores, esclavos fugados, de origen portugués o español.

Los españoles que llegan traen fuertes tradiciones de servicio al Rey y de honra prduciéndose un cambio fundamental, porque pasan de misérrimos aldeanos, agricultores de mínimas parcelas familiares y propietarios de reducidos rebaños de cabras, ovejas o cerdos; a la posesión de cuantiosas suertes de estancia, con miles de vacunos y caballos “se amplió su horizonte y se hicieron jinetes para recorrer sus tierras. El orgullo hizo lo demás”.

La noción de familia es amplia y abarca a los padres, hijos, parientes, protegidos, ahijados, criados, esclavos, libertos, sirvientas y peones, compartiendo muchas veces el apellido. Reconocen en el amo al protector y caudillo que en las ausencias prolongadas es sustituido por el ama, dueña de casa.

Los indios que se cuentan en Montevideo son apenas doscientos, no hay marginalidad en los esclavos y hasta hay cierta tolerancia con sus costumbres e imaginación supersticiosa, así lo refiere De María en su obra Montevideo Antiguo.

La escasez de las fortunas y las dificultades para ostentar satisfacciones materiales igualaron la situación social de los españoles. La sociedad vive un régimen enteramente militar: el tiro de cañón marca las horas de apertura y cierre de las puertas, el servicio militar, la carrera de las armas, el trato diario con soldados y oficiales, las inversiones y trabajos en las defensas de la ciudad, las “entradas” de portugueses, indios, piratas, contrabandistas, salteadores... estimularon un espíritu de orgullo, vanidad y jactancia locales.

Algunas familias tienen abolengo como los Oribe y de las Casas emparentados con los Viana y Alzaybar. A los títulos nobiliarios de familia se deben agregar empresas, puestos de gobierno y estancias, entre las que se cuenta “La Mariscala” cuya denuncia original abarcaba los terrenos desde el Aiguá hasta el Cebollatí, unas 300.000 hectáreas.

La casa del gobernador José Joaquín de Viana y su esposa era ejemplo del gusto de época y de alajamiento:

“... la casa del gobernador consta de una sala de entrada la cual es una pieza en forma de cuadrilongo que no recibe luz más que por una sola ventana bastante pequeña. Al fondo, frente a la única ventana que la alumbra, se ve un estrado, ancho de seis pies, cubierto de pieles de tigre, en cuyo centro hay un sillón para la señora gobernadora y a cada lado seis taburetes tapizados de terciopelo carmesí lo mismo que el sillón... los asientos para los hombres ocupan los otros dos lados de la sala. Consisten en sillas de madera con un respaldo muy alto, semejantes alas de la época de Enrique IV, teniendo dos columnas torneadas que sostienen un cuadro que adorna el centro y está tapizado encuero estampado, con bajorrelieves lo mismo que el asiento... los otros dos ángulos están ocupados el uno por una mesa en donde siempre hay una bandeja para tomar el mate y el otro por un armario, con dos o tres estantes adornados con algunas tazas y platos de porcelana... la señora de la casa, doña Francisca de Alzaybar es la única que toma asiento en el estrado cuando no hay más que hombres en su compañía a menos que ella no invite a algunos especialmente a sentarse al lado de ella...”

Las invasiones inglesas son el asunto más serio que puso en alerta a toda la región.

Minas

Se funda entre 1782 y 1785 con los propósitos de favorecer a los mineros en las Sierras, dar policía a la campaña, asegurar el territorio y dar destino a las familias que no pueden instalarse en la Patagonia.
En 1795, Minas tiene 511 habitantes:
414 españoles, 71 indios, 9 negros libres y 17 esclavos.

Cuando la ciudad de Minas se funda, Inglaterra está en plena Revolución Industrial, Estados Unidos es una república independiente, Fulton ha puesto un motor a vapor a un barco, Montgloifer ensaya sus globos aeróstáticos, Leverrier descubre otro planeta, Napoléon es un cadete de la escuela militar y en fin... es el advenimiento de la Revolución Francesa, un mundo está cambiando rápidamente y el vendaval de la historia nos alcanza.

Las denuncias de minerías de piedras preciosas y de metales se documentan desde los informes de Petitvenit a mediados del siglo XVIII. Un minero de nombre Cosme Alvarez, entre 1749 y 1766 se afinca en la zona para el laboreo de una mina. Por otra parte están documentadas, con fecha de 1764, las reclamaciones de 9 suertes de estancia de Sebastián de León, desde el Cerro Ariripa (Arequita) hasta Marco de los Reyes.

“La población debe levantarse en le mejor y más ventajoso terreno de aquel paraje de las Minas para proporcionar todas la cualidades y circunstancias prevenidas en la provisión del Señor Virrey de 7 de febrero del año próximo pasado de 1782 acerca de las de San Juan Bautista y Canelones de que se halla Vuestra merced ya instruido por su expediente ha de consistir de primera creación de cuarenta casas o ranchos de 10 varas de largo y cinco de ancho de luz con 3 de alto fuera de /4 de cimiento con su tabique y ... dividida en una sala y dormitorio de 6 y 4 varas. De paredes de piedra y barro valiéndose de las que promete el arroyo y canteras inmediatas y además una cocinita de 4 varas en cuadro para cada rancho y familia también de piedra o adobe crudo según fuere más conveniente y habilitados sus techos de las maderas y paja que franquean los montes y pajonales del propio paraje, levantándose cada casa y cocina en solar de 25 varas de frente y 50 de fondo libres. De las doce varas que debe tener cada calle de ancho y en las cuadras que resulten después de situada la Plaza general, en la del centro de la población y la inmediata de su frente para casa de Cabildo Cárcel y propios de ella, y su contigua por el fondo para la de la iglesia y demás adherentes correspondientes de forma que e n cada cuadra de cien varas libres de calles se han de colocar 8 familias o pobladores de primera intención”

El documento deja en claro el plano a partir de la plaza, dimensiones de los fraccionamientos, ordenamiento de 8 familias por manzana, no más de cinco pobladas en la primera década, el acondicionamiento mínimo para los pobladores y 150 indios con guardia del cuerpo de dragones para trabajos. Rafael Pérez del Puerto logra que para mayor seguridad de bienes y de personas los techos de paja fueran suplidos con tejas.

EL FIN DE LA MONARQUIA Y DEL COLONIAJE

Las invasiones inglesas: 1806 –1807

Las guerras con Portugal son eterno empate; los españoles tienen la ventaja militar y los portugueses la diplomática. Perseguir a los indios charrúas y minuanes, a los contrabandistas y faeneros de ganado y a las bandas de salteadores de campaña resultan tareas “inofensivas” frente a las invasiones inglesas.

Las fuerzas británicas aparecen en el Río de la Plata en su proyecto de cercar a Napoleón y sus aliados, tomando puntos estratégicos en el mundo.

La expedición que mandan Sir Home Popham y William Carr Berésford sale de El Cabo, después de haber ocupado la colonia holandesa en el Sur de Africa. Los ingleses actúan de acuerdo con el criollo Francisco de Miranda que procura la independencia con su ayuda. El plan consiste en atacar simultáneamente en Venezuela y en el Río de la Plata.

La expedición ocupa sin resistencia la ciudad de Buenos Aires evacuada por el virrey, Marqués de Sobremonte.

La estrategia española esperaba el ataque principal sobre Montevideo y los invasores se dirigieron a la capital, dejando a sus espaldas la principal fortaleza española.

El Cabildo de Montevideo y el Gobernador Pascual Ruiz Huidobro se abocan a preparar una expedición para recuperar la ciudad.

Todos los españoles y criollos de Montevideo se presentan a servir con su hacienda (caballos, dinero, ganado, naves de comercio...) y con su persona, reclutándose hasta 3.000 milicianos. La mitad parte al mando de Santiago de Liniers y recupera Buenos Aires el 12 de agosto.

Acompañan a Santiago de Liniers, capitán de Navío y caballero de la Cruz de Malta, como ayudantes, Hilarión de la Quintana y Juan José Viamonte. La victoria le vale a Liniers el título de “Conde de Buenos Aires”.

Entre los orientales acompañan la expedición, Dámaso Larrañaga, Rafael Zufriateguy, Victorio García de Zuñiga, José Artigas, Juan Benito Blanco y Juan Ellauri.

En octubre de 1806 los ingleses toman Maldonado y en enero de 1807 inician el sitio y bombardeo de Montevideo, después de los combates de El Buceo y El Cardal. La ciudad cae en la madrugada del 3 de febrero. Sir Samuel Auchmuty comandante británico asume el gobierno militar.

Las milicias de caballería, 4.000 reclutados aquí y otros 3.000 venidos de Córdoba y Paraguay hacen sus primeras experiencias en guerrillas, hostigando al enemigo. Los jefes militares de la revolución inician sus carreras y los cuerpos históricos de milicias tienen su origen en estos eventos.

Los ingleses logran ocupar todos los pueblos entre Maldonado y Colonia. Con las fuerzas recién llegadas, el general John Whitelocke prepara el segundo asalto sobre Buenos Aires.

Auchmuty deja sus impresiones sobre la caballería criolla “ el enemigo está armado con espadas y carabinas, sus soldados dan vuelta rápidos, se desmontan, hacen fuego por las ancas, montan de nuevo y se alejan a toda brida... todos los habitantes de esta campaña son diestrísimos en estas maniobras y cada uno de ellos es un enemigo... con un regimiento pueden inmovilizar a un ejército”.

El arrebato de ganados y caballos, las emboscadas y el hostigamiento en “montonera” hizo imposible que los ingleses pudieran ocupar el interior del territorio.

La expedición fracasa porque cada casa y cada manzana son defendidas por hombres y mujeres. Whitelocke considera que dispone de la capacidad militar para arrasar la ciudad, pero la guerra sería una masacre innecesaria, interminable y contraria a los principios de civilización y comercio predicados por Inglaterra.

Las fuerzas británicas evacuan el Río de la Plata entre julio y setiembre de 1807.

Dejan tras de si: el sentido de inseguridad de los criollos, su experiencia militar, la desobediencia al Virrey y agrias y acrecentadas disputas entre Montevideo y Buenos Aires.

Las invasiones inglesas demuestran la capacidad de las fuerzas locales para organizarse y resistir frente a un ejército profesional entrenado y equipado.

Por primera vez se desconoce la autoridad del virrey, el marqués de Sobremonte que debe renunciar al mando. En su lugar se propone a Santiago Liniers.

Las milicias de caballería demuestran la efectividad para el hostigamiento. Juan Antonio Lavalleja cuenta 22 años y es del número de soldados movilizados. El alma de la resistencia está en los Cabildos y en las milicias criollas. Salvar la Patria, al Rey y la Religión es su lema.

Montevideo envía a Madrid dos diputados: Nicolás Herrera y Manuel Pérez Balbás con la tarea de presentar los méritos de la comunidad y obtener todos los beneficios posibles: creación de una intendencia y una capitanía general con límites entre el Río Paraná, Uruguay e Ibicuy hasta Santa Teresa, un consulado de comercio, separación del obispado... en una palabra, pide la independencia de Buenos Aires.

Las invasiones inglesas endurecen las rivalidades entre Montevideo y Buenos Aires y abren dudas: porqué se produjo la rendición de Buenos Aires en junio de 1806, como explicar las indecisiones de Liniers, porque se otorga una capitulación generosa a los ingleses vencidos, porque Pedro Arce insiste en que los ingleses no tomarán Montevideo la misma noche en que se produce el asalto, porque las fuerzas de Buenos Aires no llegan a tiempo, hubo complicidades para entregar Montevideo a los ingleses...

La presencia británica deja la primera imprenta, la libertad de comercio, la fundación de la primera logia de masones el 24 de junio, la primera convivencia de cultos cristianos (católicos, luteranos, anglicanos, calvinistas, presbiterianos, cuáqueros...) y el gobernador inglés de Montevideo, Gore Browne no insiste en aspectos que pueden ofender a la población.




Isidoro de María induce a pensar que los Joanicó fueron de los primeros masones. Alfonso Fernández Cabrelli, historiador que ha seguido el tema y confirma la versión. Lo interesante es la larga lista de conocidos personajes de nuestra historia que fueron “iniciados”:

Entre los gobernadores: Joaquín de Viana y Joaquín del Pino.

Entre los curas: Dámaso Larrañaga, Pedro y Mateo Vidal, Santiago Figueredo, José Benito Lamas, Valentín Gómez, Juan José Ortíz, Pérez Castellano, Juan Gómez da Fonseca, Tomás Gomensoro, Juan Francisco Larrobla...

Entre los comerciantes y hacendados: Pedro Vidal (tío de Artigas), Francisco Joanicó, Juan José y Jerónimo Pío Bianqui, Joaquín Suárez, Gabriel Pereira, Fructuoso Rivera, Julián Laguna, Nicolás Herrera, Manuel y Pedro Feliciano Cavia, Lucas Obes, Francisco Javier de Viana, los Achucarro ó Chucarro, Miguel Ignacio de la Cuadra, Ramón de Cáceres, Manuel Durán, José y Felipe Santiago Cardozo, Francisco Larrobla, Salvador, Pedro y Domingo Bauzá, Manuel Barreiro (padre) Bernardo Lecocq, José Giró, Marcos Monterrosso, Antonio y Carlos de San Vicente, Antonio y Ramón Masini, Manuel Artigas, Francisco Solano Antuñas, Jacinto Acuña de Figueroa (padre), Pedro Berro, Pascual Costa, Pedro Casavalle, León José Ellauri, Victorio y Zenon García de Zúñiga, Bruno Méndez, Bartolomé Hidalgo, Mateo Magariños, Manuel Pagola, Luis Eduardo Pérez, José Rebuelta, Pedro Trápani, Santiago Vazquez, Juan y Pablo Zufriateguy...

La junta de 1808

Napoleón ocupa España y Portugal desde 1808 hasta 1814. En parte alguna de Europa hay resistencia tan encarnizada como en España, que Goya inmortaliza en su serie de cuadros “Los desastres de la guerra”. Esta guerra es conocida como la “guerra de independencia”.

Las dos consecuencias inmediatas son: el traslado de la corte portuguesa a Río de Janeiro y el Brasil se eleva de colonia a reino y las abdicaciones de Bayona y “prisión” de los reyes españoles (Carlos IV y Fernando VII y la legitimación del rey José Bonaparte. Se forman juntas de gobierno que organizan la resistencia nacional contra la ocupación francesa.

El primer problema que enfrentan los españoles peninsulares es el de dar nulidad a las abdicaciones de Bayona, el alegato se funda en que el Rey es depositario de la Soberanía, que radica en el Pueblo y solo puede expresarse a través de las Cortes. En ningún caso el Rey personalmente pude disponer de la Corona. La propuesta no es tanto revolucionaria como legitimista y monárquica.

La palabra independencia debe entenderse en tres sentidos: uno, independencia contra los franceses invasores; dos, derecho elemental de actuar sin imposiciones y tres, el de romper la unidad de la monarquía para crear un estado diferente y separado.

Las noticias llegan al Río de la Plata por varias vías: el marqués de Sassenay, enviado personal de Napoleón Bonaparte y del nuevo rey de España, José Bonaparte; José de Goyeneche, enviado de la Junta Central de Sevilla que anima la resistencia y Joaquín Xavier Curado, enviado del gobierno portugués a examinar las opiniones y estado militar de la zona, en vistas a una posible invasión.

Los “carlotistas” encabezados por el comerciante Felipe Contucci, están animados a coronar a Carlota Joaquina, hermana de Fernando VII, único miembro de la familia española que escapa con su esposo Juan VI regente de Portugal y Brasil.

Se mantienen las amenazas de otra invasión inglesa y de una invasión portuguesa, España ocupada por un ilegítimo rey francés, rodeado de “afrancesados traidores” producto de las “modernidades”. La posición legitimista tiene un ala reaccionaria.

El 21 de setiembre de 1808, el Cabildo y el gobernador Francisco Javier de Elío forman la Junta de Montevideo procediendo a denunciar los peligros y a desobedecer la autoridad del virrey Liniers, acusado de traición.

Entre los invitados a este Cabildo se encuentran: Pedro Berro, Lucas Obes, Pedro Saenz de Cavia, Joaquín Soria, José Giró, Dámaso Larrañaga, Rafael Zufriateguy, Francisco García de Zúñiga, José Pérez Castellanos, Cristóbal Salvñach, Mateo Magariños... Cabe la duda si la “traición de Liniers “ no fue una trama urdida por Xavier Curado, representante portugúes. Montevideo remite a Madrid a José Raimundo Guerra a explicar los hechos y alegatos.

Los intereses locales, el protagonismo de Elío, la situación de peligro en España, las amenazas portuguesa y británica y las intenciones de Liniers de someter a Montevideo por la fuerza, coinciden para subvertir la monarquía y profundizar las diferencias con Buenos Aires.

La Junta de 1808 desconoce las órdenes del virrey y de la Real Audiencia de disolverse y resiste el envío del nuevo gobernador, Juan de Michelena.

Los “españolistas” de Buenos Aires preparan un motín para el 1 de enero de 1809, pero su intento de formar una Junta es duramente castigado. El motín del 1 de enero debe formar una Junta, obligar la renuncia de Liniers y afianzar a los “legitimistas” en el gobierno. La intervención militar de los cuerpos criollos restablece la autoridad el virrey El destierro de los involucrados a Carmen de Patagonia y la expedición de rescate al mando Francisco Javier de Viana empeoran la situación.

La Junta de Sevilla procede de manera prudente: traslada a Liniers a Córdoba, envía como nuevo virrey a Baltasar Hidalgo de Cisneros y agradece a Montevideo los servicios prestados, disolviendo la Junta. A fines de 1809, Elío se traslada a España. Prudentemente el nuevo virrey se hace reconocer en Colonia, antes de trasladarse a Buenos Aires.

Nuevas noticias llegan de España: la Junta Central está disuelta, se ha nombrado un Consejo de Regencia y se convocarán las Cortes del Reino. Las noticias producen inquietud, divorcian las opiniones y enfrentan otra vez a Montevideo y Buenos Aires.

La junta de 1810

El 25 de Mayo de 1810 la Junta se forma en Buenos Aires: cesa al virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros, con la consecuencia inmediata de que es desconocida por Montevideo que permanece fiel a España. Joaquín de Soria y José Salazar, gobernador militar y jefe de la marina respectivamente sostiene una posición legitimista fundada en el militarismo.

El momento político es complejo, debido al cruzamiento de ideas que pueden agruparse en las dos tendencias enfrentadas durante la Revolución: el partido “de la patria” y el de los “realistas”.

Por una parte se difunden las ideas de la Revolución Francesa y de la Revolución Norteamericana. Por otra parte resurgen las doctrinas del derecho español de que la Soberanía radica en los pueblos y se delega al Monarca. En el caso del Rey ausente, ¿quién gobierna?. En este caso, el partido “de la patria” reúne un conglomerado en el que figuran tanto republicanos como monárquicos y defensores del libre comercio.

Debaten si la Junta Central y el Consejo de Regencia son autoridades legítimas y si pueden convocar a las Cortes en ausencia del Rey y si corresponder dar a América solo 12 diputados frente a los 50 de la metrópoli. De cómo se eligen y por que América, integrante de la Monarquía, no es tratada en pie de igualdad.

Por su parte los “realistas” reclaman como prioridad la guerra contra Napoleón, abocar todos los recursos y mantener la unidad sin ninguna forma de disensiones. Cualquier discrepancia es una traición. Mantienen el criterio de los Borbón de tratar a estos territorios como colonias y a los criollos como sujetos sin derechos.

Los intereses locales y particulares hacen el resto, Pivel Devoto dice que hubo facciones de una u otra opinión, con la consecuencia de que un individuo no tuviera temores para cambiar su preferencia. Uno de los mayores riesgos es la incapacidad para cambiar de opinión.

Ares Pons destaca la complejidad de las ideas en la sociedad del siglo XVIII. Por una parte, el goce tradicional de los fueros (municipales, de clase, de familia) originados en contratos verbales o escritos, que garantizan la libertad e integridad física y moral de las personas, desarrollando un espíritu de independencia, altivez y sentido del honor. En la sociedad española la costumbre y el derecho consuetudinario eran base de derechos, más poderosa que la legislación.

En segundo término, la monarquía de los Austria se había presentado hasta el 1700, como autoridad paternal, complementando la Ley y el respeto a los fueros. Los Borbón, aplican los criterios del absolutismo francés, burocrático y centralizador, reduciendo las influencias de las autoridades representativas.

En tercer término, la Ilustración y el Iluminismo son dos metáforas, por las que “la luz de la razón elimina la oscuridad de la ignorancia y el dogmatismo”. La Enciclopedia sintetiza el sentir y el esfuerzo de una época por dominar el conocimiento.

Estas Nuevas Ideas y el Absolutismo de los Borbón se superponen con antiguas tesis del Derecho Español por el que se consideran los derechos del pueblo ante la Monarquía que ejerce un poder limitado por el contrato entre el Rey y los súbditos. Los Reyes de Castilla y de Aragón eran reconocidos por las Cortes bajo juramento de respetar los fueros tradicionales “do hay leyes no mandan reyes”.

Pablo Blanco Acevedo agrega la acción crítica que ejercen jesuítas (expulsados en 1767 de todos los reinos de Borbón) y franciscanos sobre las labores del gobierno y en la difusión de las obras de teólogos y juristas católicos.

Las sociedades de caridad y las cofradías ambientan vínculos entre vecinos y párrocos. Los párrocos tienen participación prioritaria como miembros de una sociedad católica y como parte letrada en la sociedad: Dámaso Larrañaga, Rafael Zufriateguy, Pérez Castellano, Santiago Figueredo, Valentín Gómez, Benito Monterrosso, José Benito Lamas, Juan Francisco Larrobla, Manuel Barreiro, Lázaro Gadea, Tomás Gomensoro...

Los súbditos gozan de amplias libertades y franquicias en sus Cabildos, que daban directamente o a través de sus diputados a Cortes los consentimientos para aumentar impuestos y reclutar las milicias. Podían también elegir autoridades gubernativas y judiciales. Sobre este tópico, Ares Pons coincide en que las ideas de autogobierno, libertad y representatividad están presentes durante la Colonia, que es un período más fermental que el oscurantismo con que se la presenta.

Sobre esto dos cosas: la historiografía nacional creó una imagen de “uruguayos” contra “españoles”, que nos hizo olvidar de nuestra hispanidad y de las monaquías. Jimenez de Aréchaga afirmaba enfáticamente en 1925:

“Es de España que nos vienen el sentido de la libertad y el concepto de Derecho, de España procede si, el municipalismo, el derecho internacional, el origen de nuestra primeras formas representativas y des España normas de derecho parlamentario. De España leyes que rigieron la vida civil y subsisten en nuestros días; de España reglas y costumbres militares; de España trigos y huertas. Español fue el estilo de vital de nuestros próceres ”.

En cuanto a las causas de la revolución los historiadores coinciden en los sucesos ocasionales: invasión de Napoléon y abdicaciones de los Reyes, formación de las Juntas y “guerra de independencia”.

Como causas profundas: los intereses económicos, locales y británicos, la conformación de una nacionalidad y la rivalidad entre criollos y europeos a consecuencia del nuevo imperialismo impuesto por el absolutismo de los Borbón.

Veamos algunas notas escritas por José Salazar, comandante de la Marina, defendiendo el legitimismo monárquico:

“...no puedo dejar de repetir a vuestra excelencia para la debida noticia de Su Majestad, que los ingleses y americanos han fomentado y favorecido y continúan esta revolución y que mientras pisen este suelo no habrá en el tranquilidad, debiéndose temer que suceda lo mismo en todos aquellos adonde lleguen con su comercio o con otra causa... los espíritus inquietos y revoltosos influidos por los curas de los pueblos que son los que más parte han tomado en esta revolución agitando la campaña desde los primeros días de la insurrección...”

“... si se quisiese otra prueba incontrastable de aquella verdad no hay más que comparar el candor, el amor al Rey, la simplicidad de costumbres, la pureza de la religión de los habitantes de estos países, hace seis años cuando aun los extranjeros no los habían frecuentado, con el total cambio de estas virtudes, que se advierte en ellos; cosa imposible parece la mudanza tan repentina, no parece sino que se ha dado un salto de un pueblo de honrados labradores a una corte corrompida, anteriormente el nombre de nuestro soberano no se pronunciaba sin emoción, los jefes eran extremadamente respetados, el hombre español, aun el de más ínfima clase era contado entre las primeras familias; ahora hasta los decretos del Rey se leen con indiferencia; los jefes se miran con desprecio, el español europeo es detestado ¡ y quien ha producido este espantoso cambio? El extranjero con el continuo desprecio de todo lo que es español, con los elogios de todo lo que le pertenece y con la introducción de las nuevas costumbres de inmoralidad y nueva filosofía”.

Por último se debe valor la posición geográfica del Uruguay en su vínculo con Buenos Aires, a diferencia del resto de las provincias. Montevideo es la gobernación más rica del virreinato, de las más pobladas por europeos, con puerto propio y un Cabildo que representa los intereses locales. La autonomía económica le permite llenar sus propios fines sin concurso extraño.

Edmundo Narancio sostiene que para Buenos Aires es la oportunidad de tomar la soberanía que le corresponde a los virreyes y administrar todo el territorio legitimando su centralismo, efecto de su condición de ciudad más poblada, principal mercado consumidor, sede de las autoridades, puerto comercial, cruce de los caminos hacia Misiones, Paraguay, Chile y Perú, única Aduana que controla el tránsito por los ríos: Paraná, Paraguay y Uruguay y las “exportaciones” al interior y al exterior.

Dos ejércitos parten: uno al mando de Manuel Belgrano hacia el Paraguay y otro al mando de Juan Castelli, hacia Córdoba y Alto Perú.

El primero es derrotado por los paraguayos y recibe órdenes de pasar a la Banda Oriental, bajo el mando de José Rondeau, en marzo de 1811.

El segundo procede en Córdoba a fusilar a todo sospechoso de “traición”, por sostener la causa realista, entre ellos a Santiago de Liniers, héroe de las invasiones inglesas y ex virrey. Esas fuerzas siguen su ruta al Norte, realizando fusilamientos y finalmente son aniquiladas por un ejército español proveniente del Perú, en Huaquí, el 20 de junio de 1811.

En Montevideo: el Cabildo, la Marina y los gobernadores Joaquín de Soria y Gaspar de Vigodet se pronuncian por la fidelidad a España y al Consejo de Regencia. El 12 de enero de 1811 llega el nuevo virrey Francisco Javier de Elío y declara la guerra a los “insurgentes” el 12 de febrero. El 15, Artigas se une a la revolución.

Da órdenes de arrestar a los “sospechosos” de sedición, de reclutar milicias, de disolver los cuerpos poco confiables, de cobrar impuestos extraordinarios, de vender tierras de realengo, de regularizar los títulos, desalojar los campos y rematar las tierras ocupadas por generaciones de pobladores “leales y de buena fe”, de instalar guarniciones en los pueblos, de alojar y sostener tropas... se producen amotinamientos en la campaña y desembocan en la revolución que encabeza Artigas a partir de 1811.

Es simple y natural explicarles a los paisanos la necesidad de guerrear con los indios, los portugueses y los ingleses; resulta muy difícil justificar la guerra contra Buenos Aires. Y mucho más difícil justificar porque son desalojados de sus tierras.

Las Juntas de Comerciantes y de Hacendados representantes de los intereses económicos de cada ciudad especulan acerca de que partido conviene a sus intereses: con Buenos Aires, la oportunidad de lograr el libre comercio y centralizar el virreinato; con Montevideo, la oportunidad de obtener más ventajas de España, manteniendo su lealtad.

Estos sucesos enmarcan el aprendizaje político de los jefes de la revolución. En la Banda Oriental son ganados para la causa del “partido de la patria”, de los “insurgentes” las más destacadas familias criollas: los Monterroso, los Barreiro, los Artigas, los García de Zuñiga, Fructuoso Rivera, Joaquín Suárez, los Vazquez, los Oribe, Rufino Bauzá, Lucas Obes, Dámaso Larrañaga, Nicolás Herrera...

Los conceptos de independencia, soberanía de los pueblos, república, igualdad, libre comercio... empiezan a divulgarse por toda la campaña. Ya fuera porque oyeran estos discursos en los centros de reunión como de la canalización del disgusto general con las medidas del gobierno español de Montevideo, lo cierto es que la revolución resulta incontenible en 1811.

LA EPOCA DE ARTIGAS, 1811 a 1820

Lavalleja se habría incorporado a la milicia reunida por Manuel Francisco Artigas que el 24 de abril de 1811 ocupara la villa de Minas; el 28 y 29, San Carlos y Maldonado y que el 17 de Mayo llega a Las Piedras. Allí revistan en las filas de Artigas, Romualdo Ximeno, su maestro y su tío Andrés Latorre

Doña Ana Monterroso declaró en 1856, que mucha correspondencia de su esposo había sido secuestrada en 1832 por Manuel Oribe y que otra parte estaba en manos de Andrés Lamas, este comentario lo recoge Barrios Pintos respecto de la escasez de documentos acerca de las actividades de Juan Antonio.

La milicia criolla obtiene un éxito en Las Piedras, el 18 de mayo de 1811. La táctica no es novedad para ningún miliciano, encontrar al enemigo y rodearlo, tal cual se hace con el ganado en las faenas del campo.

La novedad es que Artigas deja de cumplir las órdenes de la Junta de Buenos Aires y no fusila a los oficiales españoles, ni engancha a los soldados rasos en su ejército. El ejército miliciano responde a sus propias órdenes y ningún jefe porteño puede reclamar el triunfo.

El 20 de octubre de 1811, el gobierno de Buenos Aires acuerda un armisticio con el Virrey Elío, a quien cede el territorio hasta el Río Uruguay a cambio de que logre con el apoyo de Inglaterra la salida del ejército portugués que llamó para salvar Montevideo. El 18 de noviembre de 1811, Elío abandona la ciudad y declara abolido el virreinato.

Estas negociaciones inician a los jefes orientales en los sinuosos caminos de la política regional e internacional. Los orientales no son atendidos, no se les requiere opinión, se cede su territorio, se inutiliza su actuación y si la necesidad lo determina su milicia será destinada a otros frentes y no se les permitirá hacer la guerra a los portugueses, ni continuar solos la contienda contra España.

Las facciones quedan en 1811 agrupadas en: “insurgentes”, los que se han levantado en armas y “realistas” que sostienen la causa de España.

En filas revolucionarias, las diferencias de opinión entre “caudillistas” (seguidores de Artigas) y “doctores” no se hacen esperar, siguiéndole el fraccionamiento entre “aporteñados” y “orientales” desde el éxodo.

La retirada hacia el Litoral se conoce como “éxodo” del pueblo oriental, concepto acuñado por Zorrilla de San Martín en su “Epopeya de Artigas”. El ejército, las familias de los milicianos y las familias más comprometidas abandonan el territorio.

Durante esta retirada, se esboza el primer gobierno que administra los recursos y da a todos por lo menos una comida al día, atiende la policía y vigila la retaguardia de las amenazas de portugueses y españoles.

Al reiniciarse las operaciones contra los españoles en 1812, bajo el mando de Manuel Sarratea, los abusos contra los orientales se repiten y enconan las decisiones personales. Artigas define sus ideas y acciones contra el centralismo porteño y la persona de Sarratea.

El Congreso de abril de 1813 exige el reconocimiento a la Asamblea Constituyente en un pacto con condiciones precisas, se duplica el número de diputados, se les instruye en cuanto a las ideas de independencia, república, confederación, territorio de la provincia, derechos sobre bienes fiscales, libre tránsito, jurisdicción militar... y constituye el Gobierno Económico de Canelones.
Todo el conjunto es rechazado por el gobierno de Buenos Aires quien ordena al comandante de su ejército, José Rondeau, reunir otro congreso, conocido como “Capilla de Maciel”. En enero de 1814, el ejército de Artigas abandona el sitio y se dirige al Litoral.

El 20 de junio, Montevideo se rinde al ejército de Buenos Aires comandado por Carlos María de Alvear. Fernando Otorgués que reclama la ciudad a nombre de los orientales y de José Artigas es atacado en Las Piedras y en Marmarajá.

El gobierno de Buenos Aires, designa como gobernadores a Nicolás Rodríguez Peña y a Miguel Estanislao Soler.

Entre tanto la carrera militar de Juan Antonio Lavalleja hacía sus progresos, de simple miliciano de caballería, pasa al Regimiento 1 de Infantería en 1812. Es de notar que la División de Manuel Francisco Artigas no participó de la “marcha secreta” de enero de 1814 y permaneció en el sitio de Montevideo. Manuel Francisco Artigas marcha después hacia Entre Ríos y Lavalleja al campamento de Artigas. Como capitán de compañía, es transferido a la División de Fructuoso Rivera, el 1 de agosto de 1814 y permanecerá bajo su mando hasta 1818.

El ejército inicia operaciones en la campaña para liquidar las milicias de Artigas. El 10 de enero de 1815, Fructuoso Rivera derrota a Manuel Dorrego, en Guayabo.

El 28 de febrero de 1815, las fuerzas artiguistas entran en Montevideo.

Juan Antonio Lavalleja continúa su aprendizaje de que los hechos militares son una expresión de los hechos políticos. Su escuadrón es destinado a Colonia y allí desempeña su primera experiencia de gobierno como Jefe de Armas.

En la política es esta época entran en juego los intereses de Montevideo, de los pueblos de la campaña, de Artigas y sus delegados, de los particulares, de los gobiernos de turno en Buenos Aires, de las provincias, de Portugal, Inglaterra y España.

Durante 1815 se conforma la Liga Federal con: Misiones, la Provincia Oriental, Corrientes, Entre Ríos y Santa Fe. Todos los pueblos que han reivindicado sus derechos políticos, de tránsito por los ríos y administración de sus aduanas y de sus tierras... frente a Buenos Aires. Son todos los pueblos desprendidos de la antigua Intendencia de Buenos Aires, que comparten los ríos Paraná y Uruguay y que tienen como puerto de alternativa a Montevideo.

La invasión y ocupación portuguesa de 1816 a 1822.

Las fuerzas artiguistas ponen en línea 6.000 hombres, milicianos de caballería, la mayoría con armamento irregular.

Los portugueses disponen 12.000 hombres, integrando la División de Voluntarios Reales traída desde Europa, veteranos de las guerras contra Napoleón y las milicias de Río Grande y San Paulo, una escuadra que domina el Océano y las aprobaciones de Inglaterra y del gobierno de Buenos Aires; no pocas defecciones de orientales, opuestos a Artigas y la colaboración de los españoles que aspiran a restaurar la autoridad del Rey Fernando VII. El ex gobernador Gaspar de Vigodet esta exiliado en Río de Janeiro.

El mando portugués se integra con Carlos Federico Lecor, barón de la Laguna, con las fuerzas de tierra; el Conde de Viana, jefe de la Marina; el conde de Figueira, gobernador de Río Grande; el Marqués de Alegrete; el mariscal Joaquín Curado (el de 1808) y como asesores: el inglés, William Carr Beresford (el de 1806) y Nicolás Herrera, oriental (ex secretario de Manuel de Sarratea, ex abogado del Cabildo de Montevideo).

Las fuerzas artiguistas son derrotadas sucesivamente en San Borja, Ibiracoy, Carumbé e India Muerta.

Durante esta campaña el capitán Lavalleja marcha con Rivera a hostilizar a los portugueses que invaden por el Chuy y por Yaguarón. Lavalleja los ataca reiteradamente entre Casupá y Pan de Azúcar, zona que conoce a la perfección, los desacuerdos entre Rivera y Otorgués frustraron el éxito de la operación en enero de 1817.

Las defecciones de orientales comienzan con el Regimiento de los Cívicos que se niega a salir a campaña y a defender Montevideo. Juan José Durán y Juan Francisco Giró tratan de negociar directamente con el gobierno de Buenos Aires, sin el consentimiento de Artigas.

Se suceden las derrotas en Arapey y en Catalán. Lecor recibe el reconocimiento y los honores de la delegación del Cabildo: Dámaso Larrañaga y Jerónimo Pío Bianqui. Montevideo se entrega sin lucha, el 17 de enero de 1817.

El Cabildo integrado con Juan de Medina, Felipe García, Agustín Estrada, Lorenzo Pérez, Francisco Llambí y el propio Bianqui, considera que es tiempo de contemporizar con el vencedor, mantener el orden del vecindario y evitar los desastres de una resistencia inútil y de una causa perdida.

Defeccionan al regreso de su misión en Buenos Aires, Juan Francisco Giró y Juan José Durán.

Los orientales están divididos en varias facciones: los “orientales” que siguen la guerra y permanecen con Artigas, los “aporteñados” que quieren unirse a Buenos Aires y los “aportuguesados” que quieren paz y orden a cambio de la protección de Portugal y Brasil.

Lecor, designa como su gobernador a José Pinto Arújo, el vencedor de India Muerta.

La política portuguesa es halagadora hacia todos los que opten por deponer las armas y pasar a Buenos Aires ó a Montevideo como particulares.

Durante estos sucesos están en el sur: las fuerzas de Rivera, las de García de Zúñiga, las que traen Miguel Barreiro y Joaquín Suárez al salir de Montevideo.

La caballería de Lavalleja acampa en Toledo observando al enemigo.

“Establecido el cuartel general de Barreiro en Paso del Cuello, se incorporó Rivera con toda su división, quedando Lavalleja con 400 jinetes en Toledo, para observar los movimientos de los portugueses. Mucho se había hablado hasta entonces del valor de este oficial; pero las pruebas que dio en su nueva comisión admiraron al mismo enemigo. Se batía con una heroicidad y un despego de la vida, que hasta las balas parecían respetarle. Casi a diario le mataban o herían los caballos que montaba, pues, siendo el primero en todos los ataques y el postrero en todas las retiradas su persona era blanco obligado y seguro. Muy luego se encontraron los portugueses desprovistos de caballadas y sitiados por aquella fuerza, cuyo número no podían descubrir y cuyas hostilidades les obligaban a proteger a sus forrajeadores con columnas de las tres armas. Una de esas columnas atacada en Maroñas por Lavalleja al frente de 18 hombres, fue deshecha y acuchillada, abandonándole varios prisioneros. Lecor resolvió hacer una salida, para despejar su frente y proporcionarse vituallas. Dirigióse con la mitad de su ejército hacia Paso del Cuello, donde se llevó por delante sin dificultad una emboscada patriota de 200 infantes. Luego prosiguió su marcha en dirección a Florida, para acampar en sus inmediaciones. Desde allí destacó una columna mixta de infantes y caballos para forrajear y hacer leña en unas taperas próximas. Lavalleja, que espiaba el movimiento, se presentó sobre el enemigo, cargándole a toda brida; le mató muchos hombres, le tomó 40 prisioneros, entre ellos dos oficiales y lo dispersó por fin. Lecor, sabido el hecho, no creyó prudente avanzarse más y se puso en retirada hacia Montevideo, siendo hostilizado de todos modos por las guerrillas patriotas. Tras de ellas se vino el grueso de las fuerzas de Barreiro, situando su cuartel general en el Paso de la Arena, sobre el Pantanoso, desde donde puso riguroso sitio a la ciudad”.

La táctica preferida de los patriotas es atacar a las partidas de forrajeadores portugueses impidiéndoles llevar caballos, carne y leña, que obtienen por requisas forzosas a los habitantes de la zona. Si hay oportunidad los ganados son sacados a fin de privar al enemigo del recurso. Los prisioneros brindan información sobre el número de las fuerzas, su posición y dirección.

Durante estas comisiones es que Juan Antonio Lavalleja contrae enlace con Ana Monterroso.

Juan Antonio Lavalleja se une a una familia de prestigio en la sociedad montevideana, pasa a ser cuñado del secretario de Artigas, Benito Monterroso; primo político de Artigas y de Barreiro. Sin contar que Andrés Latorre, su tío, es uno de los comandantes de mayor confianza en el Norte y su cuñado Gorgonio Aguiar es jefe de la guardia personal de Artigas.

Durante el año 1815, Juan Antonio Lavalleja desempeña el cargo de Comandante de armas de Colonia, su primera experiencia como jefe. Allí hizo fusilar al oficial Dionisio Guerra por deserción. Su rigor y honestidad le granjeó el aprecio de los vecinos. Permanece un año y medio hasta el comienzo de la invasión portuguesa.

En filas patriotas se producen incidentes entre Rivera y García de Zuñiga por cuestiones de mando y el mismo Artigas interviene y pone en prisión a Miguel Barreiro. En consecuencia se producen las deserciones de Manuel e Ignacio Oribe, Rufino Bauzá, Pedro Fuentes y otros jefes, con sus respectivos cuerpos: Artillería, Libertos y Escuadrón de Colonia.

Durante la campaña de 1818, los jefes artiguistas son derrotados y algunos capturados (Lavalleja, Otorgués, Andresito, Manuel Artigas, Bernabé Rivera) y otros defeccionan, los García de Zúñiga, Simón del Pino, León Pérez, Pedro Casavalle... La guerra que Artigas inicia en dos frentes contra Buenos Aires y contra Portugal es considerada por muchos como perdida.

Isidoro de María narra la captura de Lavalleja:

“Un día, Lavalleja se separa de su división, con un ayudante y su asistente, para descubrir la posición en que se halla el ejército del general Curado. Divisa a los lejos una guardia enemiga y se propone cargarla y correrla. Para el efecto hace llamar con su asistente a tres o cuatro soldados de su avanzada y con ellos se lanza al galope sobre el puesto de los portugueses. Estos huyen despavoridos y Lavalleja los persigue; pero cuando acuerda se halla rodeado de todos lados de enemigos. Intenta entonces retirarse, abriéndose camino con la espada, se lanza a galope y se le caen las boleadoras. Quiere bajarse a recogerlas y el caballo se le encabrita y se le escapa, dejándolo a pie y desarmado. Lo acometen tres portugueses y lo arrojan al suelo de una pechada. Van a matarlo ya, pero uno de ellos dice: no maten a ese castellano. Y le respetan la vida. Ninguno de los enemigos lo conoce. Unos le preguntan quien es y él contesta: un oficial de Artigas. Quién es el jefe de las fuerzas – yo mismo – Como se llama usted y el les responde Lavalleja. Al oír su nombre los portugueses se muestran sorprendidos, no pudiendo convencerse de que tienen en su poder al famoso capitán de Artigas. Entonces lo atan y lo conducen al campamento de Curado, donde le hacen sufrir toda clase de martirios para que prometa traicionar a sus amigos revelando el número y posición de sus tropas. Lavalleja se resiste a esa villanía con extraordinario valor y energía”.

Lavalleja fue capturado el 21 de febrero de 1818 por Oliverio Ortiz según Barrios Pintos y el 3 de abril según Fernández Saldaña. Posiblemente la diferencia se deba a la permanencia en el campamento portugués.

La Provincia Cisplatina 1821 a 1828

Después del desastre de Tacuarembó, el 22 de enero de 1820, la resistencia se agota, Artigas se retira hacia Entre Ríos. El 2 de marzo, Fructuoso Rivera se rinde en Tres Arboles. Recibe el título y sueldo de coronel y se le permite reclutar un regimiento de caballería oriental “Dragones de la Unión”.

Lavalleja está en Río de Janeiro en calidad de prisionero o de internado.

Las protestas de España son presentadas en los Congresos de Ministros de las Monarquías restauradas después de la derrota de Napoleón. Las potencias hallan razón en los alegatos hispanos llegándose al acuerdo de que la Banda Oriental fuera reocupada en 1820. La sublevación de los liberales españoles en enero de 1820 impide la salida de la expedición para el Río de la Plata.

El rey Juan VI debe trasladarse a Portugal y ceder a las exigencias de la política europea y legitimar de alguna manera la posesión de la Provincia. El cónsul general de Portugal en Montevideo, Juan Manuel de Figueiredo, por instrucciones del ministro Silvestre Pinheiro Ferreyra, procede a organizar un congreso.

Los diputados electos al Congreso Cisplatino optan por la incorporación al Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve, con una independencia relativa. Esta facción “club del Barón” “logia imperial” o “abrasilerados” estará en pleno auge desde 1817 hasta 1828. Su política es simple: sobrevivir.

Satisfacen así las necesidades: propias, como élite dirigente asociada al comandante Carlos Federico Lecor; y de la comunidad en cuanto a guardar su autonomía, prosperidad comercial, seguridad para la posesión de sus tierras y tranquilidad frente a las guerras y cambios de gobierno entre Buenos Aires y las provincias; a la vez que descartaban toda posibilidad de reclamo español.

La independencia absoluta es opción descartada. La solución es práctica y realista.

“En Montevideo, a 31 de julio de 1821, el señor presidente y demás diputados del Estado Cisplatino, en representación d elos habitantes de él y el señor Barón de la Laguna, a nombre de Su Majestad Fidelísima, declaramos que habiendo pesado las crísticas circunstancias en que se halla el país y consultando los verdaderos intereses de los pueblos, hemos acordado que la Provincia Oriental se una e incorpore al Reino de Portugal, Brasil y Algarve, bajo la imprescindible obligación de que se respeten, cumplan y observen las bases siguientes:
1. Este territorio debe considerarse como un Estado diverso de los demás del Reino Unido, bajo el nombre de Cisplatino.
2. Los límites de él serán los mismos que tenía y se le conocían al principio de la revolución...”.
Siguen otros 19 artículos.

Son miembros de este Congreso: Juan José Durán, como presidente; Dámaso Larrañaga; Fructuoso Rivera; Tomás García de Zuñiga; Jerónimo Pío Bianqui; Loreto Gomensoro; Alejandro Chucarro; Luís Pérez y Francisco Llambí.

El 5 de agosto de 1821 se lleva a cabo el Juramento de Fidelidad al Rey de Portugal.

Juan Antonio Lavalleja retorna al país y sienta plaza como segundo jefe del regimiento de Dragones de la Unión, al mando de Fructuoso Rivera. Se ocupa también de la administración de las estancias de intestados, puesto dado por Nicolás Herrera, Juez de Difuntos. Se instala en Tacuarembó en el “Rincón de Zamora”.

Reitero que la política portuguesa es apaciguadora y halagadora hacia los jefes orientales. Si Lavalleja hubiera sido un reo maltratado no hubiera regresado al país con estos beneficios.

Según documentación consultada por Francisco Berra en “Bosquejo Histórico del Uruguay”, citado por Salterain conservaron grados militares: Fructuoso Rivera, coronel; Juan Antonio Lavalleja, teniente coronel; Julián Laguna, capitán; Manuel Oribe, mayor; Pablo Zufriategui, sargento mayor del regimiento de Cívicos; Juan Francisco Giró, capitán; León Ellauri, capitán... y otros orientales beneficiados son José Ellauri, Lucas Obes y sus cuñados Nicolás Herrera y Juan Andrés Gelly que ocupan cargos estratégicos en la administración portuguesa primero y brasileña después.

Nicolás Herrera, abogado titulado en Charcas, asesor del Cabildo, representante en España, testigo de los sucesos acaecidos en la Metrópoli, miembro de las Cortes en Bayona, “insurgente”, enemigo declarado de Artigas, ministro del gobierno de Sarratea y exiliado en Río de Janeiro. Es secretario de Lecor y autor de la fórmula más práctica: “el estado cisplatino va a ser independiente y libre bajo la protección del Brasil. Su forma de gobierno será la representativa constitucional y un Jefe Supremo ejercerá el Poder Ejecutivo. ¿Qué nos importa que se llame Rey, Emperador ó Director?.

A juicio de Eduardo de Salterain, la incorporación del Uruguay al Imperio del Brasil fue un hecho aceptado por toda la Provincia, un medio transitorio de conseguir el orden y el sosiego de que tanto se necesitaba después de las cruentas luchas que no habían hecho más que desangrar y empobrecer la Provincia.

Los liberales portugueses que integran el gobierno y exigen el regreso del Rey de Portugal a Lisboa, tienen múltiples escrúpulos respecto de la conveniencia de retener la Provincia Oriental.

El propio Lecor aprovecha la oportunidad de vincularse a la sociedad montevideana contrayendo enlace con Rosa María Josefa Deogracias de Herrera y Basavilbaso, joven dama de alcurnia. Muchos de los oficiales portugueses imitaron a su jefe.

El 7 de setiembre de 1822, el Brasil declara su independencia, proclamándose Imperio y se otorga la Corona a Pedro I, hijo del rey de Portugal, Juan VI.

La situación produce el fraccionamiento de las fuerzas de ocupación en la Provincia Oriental – Cisplatina. Las tropas “europeas” se mantienen en Montevideo, fieles a Portugal y al mando de Alvaro Da Costa.

Las milicias de Río Grande y paulistas y el regimiento de Rivera pasan a Canelones y después a San José, reconociendo el mando de Lecor y prestan juramento al Emperador del Brasil, el 17 de octubre. Los pueblos de la campaña son ocupados sucesivamente.

El 16 de diciembre de 1822, el Cabildo de Montevideo, a iniciativa de Cristóbal Echevarriarza, se pronuncia contra el gobierno de Lecor. Se inician las acciones de los “Caballeros Orientales”, facción decidida a aprovechar las circunstancias para separarse del Brasil, pero con dos opciones: la independencia absoluta o la unión con Buenos Aires.

En la elección del 1 de enero de 1823 ingresan muchos “patrias”: Manuel Pérez, Silvestre Blanco, Luis Pérez, Juan F. Giró... remitiendo solicitudes de alianza y auxilio a Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos.

Lucio Mansilla, gobernador de Entre Ríos es un aliado neutral de los portugueses. Estanislao López, gobernador de Santa Fe, realiza mejores esfuerzos: recibe a Lavalleja y le permite organizar tropas. Los trabajos se prolongan todo el año de 1823 y hasta se aprueba una declaración de independencia el 29 de octubre.
“Que se declara nulo, arbitrario y criminal el acta de incorporación ala monarquía portuguesa, sancionada por el congreso de 1821, compuesto en su mayor parte de empleados civiles a sueldo de Su Majestad Fidelísima”.
“Que declara nulas y de ningún valor las actas de incorporación de los pueblos de la campaña al Imperio del Brasil, mediante la arbitrariedad con que se han extendido por el mismo Barón de la Laguna”.
“Que declara que esta provincia Oriental del Uruguay no pertenece, ni debe ni quiere pertenecer a otro poder, Estado o Nación que la que componen las Provincias de la antigua unión del Río de la Plata, de que ha sido y es parte”.

Los “caballeros orientales” ven la oportunidad de apurar los trabajos a favor de la independencia: Manuel e Ignacio Oribe, Santiago y Ventura Vázquez, Juan Francisco Giró, Antonio Díaz, Gabriel Pereira, Francisco Muñoz... se duda si lograron la adhesión ó involucraron a Lavalleja a fines de 1822. Rivera no apoya el movimiento y trata de prender a los insurrectos, a la vez que les facilita la fuga. Lavalleja, pasa a ser un proscripto.

Inmediatamente sus propiedades son embargadas y es dado de baja del ejército. Ana Monterroso realiza un vehemente reclamo de sus bienes, consistente en la estancia de Santa Lucía, en el paso de Fray Marcos con mil vacunos y mil caballos. Le vale mucho la protección que le brinda Tomás García de Zuñiga.

Los historiadores discuten esta actitud de Rivera, que puede fundarse en varias interpretaciones: si Rivera adhiere, todo el ejército brasileño estaría en alerta; podía ganar tiempo y llegar a un acuerdo con caudillos de Río Grande para realizar juntos el levantamiento y separarse del Brasil; el gobierno de Buenos Aires y la dirigencia de Montevideo podrían entenderse con un oficial de menor perfil político como Lavalleja. Río Grande sería un aliado poderoso de tener malas relaciones con los porteños. Por otra parte Rivera, sabe que ni los argentinos ni los brasileños pueden hacer algo sin su acuerdo.

El 28 de febrero de 1824, las fuerzas portuguesas evacuan Montevideo que es ocupado por las fuerzas brasileñas. Lecor restablece su gobierno. Los involucrados en la conspiración emigran a Buenos Aires.

El 9 de mayo se jura la Constitución del Brasil y se reorganiza la Provincia Cisplatina, manteniéndose los privilegios para aquellos orientales que apoyan a los brasileños: Dámaso Larrañaga, Lucas Obes, Nicolás Herrera, Tomás Gomensoro, Francisco Magariños, Francisco Llambí, Jerónimo Pío Bianqui, Tomás García de Zuñiga, Manuel Durán... entre los que se reparten cargos y títulos de nobleza. Otra lección de política práctica.

Exiliado en Santa Fe y después en Buenos Aires, Lavalleja entra al negocio de los saladeros como socio de Pascual Costa. El gobierno de Buenos Aires envía a García de Cossio para convencer a los gobernadores de las provincias de que cualquier campaña en la Provincia Oriental es causa perdida y a Valentín Gómez a Brasil a declarar sus intenciones de paz.

AÑO DE GLORIA, 1825

Lavalleja cambia los planes, cruza el río directamente desde Buenos Aires y no en el Litoral. La empresa recibe más de ciento setenta y seis mil pesos de particulares y del mismo gobierno de Buenos Aires. Estos movimientos no permanecen ocultos, ni del Brasil ni de Inglaterra.

El saladero de Costa, los comercios de Luis de la Torre y de Pedro Trápani tienen una actividad extraordinaria ocultando las reuniones y acopio de armas con los negocios.

Luis de la Torre es quien confecciona a mano las dos banderas tricolores, con el lema “libertad o muerte”.

Pedro Trápani, se hace cargo de la familia Lavalleja durante la ausencia. Las vinculaciones de Trápani y las prudentes inversiones de Doña Anita permiten a la familia una desahogada situación económica: las herencias de Juan Antonio y de doña Ana, la casa de Montevideo (Zavala 1469), las estancias en Soriano y Belén, un total de 10 leguas cuadradas: unas 25.000 hectáreas.

La cruzada

La lista de los 33 tiene dos problemas fundamentales: si realmente eran 33 y las diferencias de nombres en las 16 versiones, de las que dos son redactadas: una por Lavalleja y otra por Oribe.

Juan Antonio Lavalleja, Manuel Oribe, Pablo Zufriategui, Manuel Lavalleja, Manuel Freire, Jacinto trápani, Gregorio Sanabria, Atanasio Sierra, Manuel Meléndez, Santiago Gadea, pantalelón Artigas, Andrés Cheveste, Juan Ortíz, Santiago Nievas y Juan Acosta. Estos nombres se repiten en todas las listas.

Las discrepancias aparecen con: Simón del Pino, Andrés Spíkerman, Joaquín Artigas (negro), Carmelo Colmán, Avelino Miranda, Dionisio Oribe (negro), Juan Rosas, Francisco Romero, Luciano Romero, José Leguizamón, Tiburcio Gómez, Celedonio Rojas, Miguel Martínez, Juan Arteaga, Basilio Araújo y Norberto Ortíz.

El 19 de abril desembarcan los “33” en el Arenal Grande. Domingo Ordoñana, tiene la iniciativa de levantar un monumento en 1863, después de labrar acta con todos los testigos del hecho, que logró identificar.

Los “cruzados” reciben la incorporación de Julián Laguna, Servando Gómez, Isas Bonifacio “Calderón” y Leonardo Olivera que facilitan la “captura” de Rivera en el Monzón. Ambos jefes estuvieron solos como dos horas.

El episodio del Monzón tiene un valor fundamental en nuestra historigrafía como símbolo de alianza ente los caudillos y los partidos, en nombre de los intereses de la Patria. Los intereses superiores antes que los personales.

La versión de Juan Spíkerman, testigo presencial el episodio resume que Rivera cae prisionero porque no identifica a los jinetes que se acercan y le dice a Lavalleja “perdóneme la vida y hágame respetar” Recibiendo la respuesta “no tenga cuidado pero no se portó así cuando me persiguió por orden del Barón”. Luis de la Torre, verifica según Salterain, este testimonio en sus Memorias.

Una discrepancia aparece en que Oribe habría tomado prisionero a Rivera y que estaba pronto para fusilarlo cuando Lavalleja intervino. Las diferencias entre Oribe y Rivera se remontaban a los tiempos de la invasión portuguesa y a un combate habido en Maroñas durante la “lucha” entre portugueses y brasileños, en 1823.

Otras versiones, de origen brasileño simplemente sostienen que Rivera siempre estuvo al tanto de las acciones de los 33 y todo fue una farsa. Esta opinión es compartida por Isidoro de María.

Rivera emite una proclama el 17 de mayo de 1825 en la que explica :

“estoy satisfecho de haber desempeñado religiosamente mis deberes mientras estuve persuadido que el Emperador cumplía sus promesas, le fui fiel, agradeciendo las condecoraciones con que me distinguió más luego que advertí su doble intención yo no debía ser el instrumento de la esclavitud de mi patria y mucho menos cuando por la falta de cumplimiento de sus promesas quedaba desligado del juramento que presté con mi Regimiento. Del mismo modo estáis vosotros desligados: corred a las armas: defender nuestros derechos o perecer en la empresa, es nuestro lema. Sostenedlo bravos orientales y seréis dignos de la posteridad de la patria y de vuestro jefe”.

Nicolás Herrera, secretario del Barón de la Laguna desde 1816, escribe respecto de Rivera:

“Fructuoso estaba de acuerdo con el enemigo y usando la más negra perfidia iba desarmando los destacamentos portugueses que este hombre le mandaba con una confianza pueril y a estas horas tiene usted a la Patria mandando en toda la provincia hasta el río Negro”.

Entre las muchas consideraciones que hace con astucia y experiencia política, Nicolás Herrera anuncia que “Frutos y Lavalleja mandan en unión con igual autoridad y firman de consuno todas las órdenes. Esta mancomunidad de soberanía ha de acabar a garrotazos”.

La proclama de Lavalleja es clara en sus intenciones:

“¡viva la patria, argentinos-orientales! Llegó el momento de redimir nuestra amada patria de la ignominiosa esclavitud... tiemble el déspota del Brasil de nuestra justa venganza... La gran nación argentina, de que sois parte, tiene gran interés en que seáis libres... Constituir la Provincia bajo el sistema representativo republicano en uniformidad a las demás de la antigua unión...”.

Está en discusión la sinceridad de Lavalleja acerca de la unión con Buenos Aires, pero que satisfacía a los “aporteñados” que lo apoyan. Para federales y unitarios, la unión con las Provincias era natural.

La campaña de 1825.

Las incorporaciones de orientales al Ejército de la Patria permiten contar bajo banderas cuatro mil hombres en armas, equipados y organizados, a fines del año.

El Gobierno Provisorio y la Sala de Representantes facilitan la organización y dan credibilidad al movimiento ante la sinuosa política del Gobierno de Buenos Aires.

El Gobierno provincial se instala en Florida a partir del 14 de Junio se integra con: Manuel Calleros, Juan José Vazquez, Loreto Gomensoro, Manuel Durán, Francisco Muñoz y Gabriel Pereira.

La Sala de Representantes es integrada con: Juan Francisco Larrobla, Luis Eduardo Pérez, Juan José Vázquez, Joaquín Suárez, Manuel Calleros, Juan Bautista De León, Carlos Anaya, Simón del Pino, Santiago Sierra, Atanasio Lapido, Juan Nuñez, Gabriel Pereira, Mateo Lázaro Cortés, Ignacio Barrios y Felipe Alvarez Bengochea.

La Sala de Representantes aprueba tres leyes con fecha del 25 de agosto: Independencia, Unión y Pabellón y remite al Congreso de la Provincias Unidas dos representantes: Tomás Javier de Gomensoro y José Vidal y Medina.

La Ley de Independencia:

“Declara írritos, nulos, disueltos y de ningún valor para siempre, todos los actos de incorporación, aclamaciones y juramentos arrancados a los pueblos de la Provincia Oriental por la violencia de la fuerza, unida a la perfidia de los intrusos poderes de Portugal y el Brasil, que la han tiranizado, hollado y usurpado sus inalienables derechos y sujetándola al yudo de un absoluto despotismo desde el año de 1817 hasta el presente de 1825”
“En consecuencia de la antecedente declaración, reasumiendo la Provincia Oriental la plenitud de los derechos, libertades y prerrogativas inherentes a los demás pueblos de la tierra, se declara de hecho y de derecho, libre e independiente del Rey de Portugal, del Emperador del Brasil y de cualquier otro del Universo, y con amplio y pleno poder para darse las formas que en uso y ejercicio de su soberanía estime conveniente”.

La ley es precisa en cuanto a que el primer párrafo permite anular las actas del Congreso Cisplatino de 1821, el Juramento de Fidelidad al Rey de Portugal y el Juramento de Fidelidad al Emperador, la Jura de la Constitución Brasileña y la aclamación a Don Pedro. Es precisa en cuanto a los límites temporales: 1817, recepción de Lecor por el Cabildo de Montevideo y 1825, declaratoria de independencia.
Es precisa por que se declara independiente de cualquier déspota o monarca, lo que excluye a las Provincias Unidas. Artigas solo hablo de independencia como derecho natural de las Provincias frente al centralismo de Buenos Aires.

La Ley de Unión.

“La honorable Sala de Representantes en virtud de la soberanía ordinaria y extraordinaria que legalmente reviste para resolver y sancionar todo cuanto tiende a la felicidad de la Provincia, declara: que su voto general, constante, solemne y decisivo, es y debe ser por la unión con las demás Provincias Argentinas, a quien siempre perteneció por los vínculos más sagrados que el mundo conoce. Por tanto ha sancionado y decreta por ley fundamental, la siguiente: queda la Provincia Oriental del Río de la Plata, unida a las demás de este nombre en el territorio de Sud América, por ser la libre y espontánea voluntad de los pueblos que la componen, manifestada en testimonios irrefragables y esfuerzos heroicos desde el primer período de la regeneración política de dichas provincias”

La regeneración política de las provincias está fijada en la Junta del 25 de mayo de 1810, celebrada como fiesta patria en ambas orillas. Los próceres siempre consideraron su pertenencia a la unión de provincias disgregadas del Virreinato del Río de la Plata. Argentina es eso “platina” no hace referencia a la República Argentina.

La Ley de Pabellón.

“Siendo una consecuencia necesaria del rango de independencia y libertad que ha recobrado de hecho y de derecho la Provincia Oriental, fijar el pabellón que debe señalar su ejército y flamear en los pueblos de su territorio, se declara por tal, el que tiene admitido, compuesto de tres franjas horizontales, celeste, blanca y punzó, por ahora y hasta tanto que incorporados los diputados de esta provincia a la Soberanía Nacional, se enarbole el reconocido pro el de las Provincias del Río de la Plata, a que pertenece”

El concepto de independencia debe entenderse en la época como el derecho natural de una comunidad a resolver su destino por medio de sus representantes para integrase a las Provincias Unidas y no para constituir un ente separado y diferente.

Reyes Abadie sostiene claramente el sentido federal de las leyes y que no son contradictorias.

La campaña militar permite liberar rápidamente el centro sur de la República y sitiar Montevideo a partir del 7 de mayo. En la ciudad se reprimen las conspiraciones entre los patriotas y el batallón de Pernambuco (bayanos), sublevado por la hermana de los Oribe.

Las fuerzas orientales copan el Sur: Manuel Oribe sobre Montevideo; Leonardo Olivera sobre Maldonado; Ignacio Oribe en Cerro Largo; Fructuoso Rivera en Durazno y Juan Antonio Lavalleja con Pablo Zufriategui en Santa Lucía Chico.

Entre setiembre y octubre se obtienen dos éxitos militares fundamentales para garantía de Buenos Aires: la victoria del Rincón, el 24 de setiembre, obtenida por Rivera y la victoria de Sarandí, el 12 de octubre, obtenida por Juan Antonio Lavalleja, Manuel Oribe, Fructuoso Rivera y Pablo Zufriategui.

La maniobra de Lecor es que todas las columnas brasileñas converjan en Florida: una que sale de Montevideo, la de José Abreu, la de Juan de Dios Mena Barreto (desde Mercedes, sin caballos después de Rincón), la de Bentos Manuel Ribeiro (desde San José) y la de Bentos Goncalves (desde Cerro Largo). La columna que debe salir de Montevideo no tiene caballos.

En Rincón, Rivera capturó la reserva de caballos; cabe preguntarse dónde están las caballadas del Sur del Río Negro, ya que los testimonios coinciden en que la caballería brasileña estaba sin monturas.

Es notable la falta de acción de los brasileños frente a las circunstancias. Versiones no confirmadas dicen que previamente las caballadas brasileñas habían sido tratadas con “revienta caballos” haciéndolas inútiles e insuficientes. Es notable también la inactividad de la marina brasileña para impedir la llegada de armas, desde Buenos Aires.

Lavalleja en su parte narra el combate en Sarandí.
“Ya no es posible que el déspota del Brasil espere de la esclavitud de esta provincia el engrandecimiento de su Imperio. Los orientales acaban de dar al mundo un testimonio indudable del aprecio en que estiman su libertad. Dos mil soldados de caballería brasileña, comandados por el coronel Bentos Manuel, han sido completamente derrotados en el día de ayer en la costa del Sarandí, por igual fuerza de estos valientes patriotas que tuve el honor de mandar. Aquella división, tan orgullosa como su jefe, tuvo la audacia de presentarse en campo descubierto, ignorando sin duda, la bravura del ejército que insultaban”.

“Vernos y encontrarnos fue obra del momento. En una y otra línea no precedió otra maniobra que la carga, y ella fue ciertamente, la más formidable que pueda imaginarse. Los enemigos dieron las suyas a vivo fuego, el cual despreciaron los míos, y carabina a la espalda y sable en mano, según mis órdenes, encontraron, arrollaron y sablearon, persiguiéndolos más de dos leguas, hasta ponerlos en fuga y dispersión más completa...”.

El parte brasileño por su parte atribuye el desastre en Sarandí a

“que me di cuenta que la fuerza enemiga era superior a la de mi mando en ochocientos o mil hombres, pero acostumbrado a vencer otras en mayor número y con la ambición de solemnizar aquel día, cumpleaños del emperador con salvas y vivas a Su majestad imperial, después de la derrota de los rebeldes. La escasa disciplina de la tropa, los numerosos muchachos que había y la falta de constancia de los guaraníes dieron lugar a que el cobarde enemigo saliera vencedor”.

Los éxitos se completaron con la ocupación de la fortaleza de Santa Teresa, por Leonardo Olivera el 31 de diciembre.

Lavalleja, tuvo tiempo de mejorar el estado militar del ejército, encuadrando las “montoneras”, armándolas, disciplinándolas y ordenando los comandos así como las remontas.

Lavalleja se presenta como organizador, previsor, suspicaz y hasta rudo en la aplicación de las ordenanzas militares españolas y lusitanas en vigencia. En este ejército inician sus carreras militares: Venancio Flores, Melchor Pacheco y Obes, Anacleto Medina... lo acompañan militares de escuela como Manuel e Ignacio Oribe, José Brito del Pino y guerrilleros experimentados como Andrés Latorre.

En Sarandí aparecen como novedades: el flanqueo adelantado (a cargo de Rivera y Zufriategui, mientras Oribe mandaba el centro), la reserva siguiendo el esfuerzo principal (al mando de Lavalleja) y sin descarga de fusiles, dando toda la carga a “sable” sin lanzas.

Otro aspecto favorece a los orientales son las continuas deserciones de oficiales brasileños de Río Grande y personal de tropa, sobre todo negros que reciben la promesa de la libertad.

La unión con las Provincias Unidas, 1825 a 1828.

Las posiciones política y militar de Lavalleja dependen de las buenas relaciones con Buenos Aires desde donde llegan generosamente armas y dinero. El gobierno de las Provincias Unidas tiene en claro no permitir que hay otro “artigas”.

Dos delegados se incorporan al Congreso después de que aceptara la Ley de Unión dictada el 25 de agosto, el 16 de diciembre la Sala de Representantes reconoce al Congreso de las Provincias Unidas y el 1 de enero de 1826 se declara la guerra al Brasil.

Lavalleja debe optar entre ocupar el cargo de Gobernador ó delegarlo para hacerse cargo de las tareas militares. La Delegación recae en Joaquín Suárez que lo desempeña desde julio de 1826 hasta octubre de 1827.

En la época se considera que la Provincia Oriental era la única parte a liberar de las provincias del antiguo virreinato y que todas integrarían la Unión.

Las circunstancias permitieron la unión de dos facciones: los “aporteñados” ó unitarios que aspiraban la unión con Buenos Aires y los federales, que aceptan la unión en igualdad de condiciones. Ambas facciones orientales no quieren tratos con los brasileños y “abrasilerados”. Por último, la facción de Rivera, responde a la oportunidad, sigue su propia política.

Aprobada la unión por ley del 25 de octubre de 1825, el Gobierno de Buenos Aires otorga despachos de brigadieres generales para Lavalleja y Rivera.




El general Martín Rodríguez, cruza el río Uruguay y acampa en Durazno, asume el mando en jefe de todas las fuerzas; reitera el problema que en 1812 enfrentó a Artigas con Sarratea: si las fuerzas orientales integraran un solo cuerpo con su propio mando o se distribuirán con las otras unidades.

Por su parte, Rivera, tienta de entablar relaciones con los caudillos de Río Grande, sin aprobación de Lavalleja y despierta los recelos en el gobierno de Buenos Aires. Su destitución del mando y requerimiento de prisión no se hacen esperar y tampoco los motines de sus leales. Todo el año 1826 es de reorganización.

Martín Rodríguez dice:

“El gobierno (de Buenos Aires) por iguales principios estará siempre en precaución de los síntomas que prepararon la anarquía desde el año 12 bajo el caudillo Artigas y que trajeron una cadena de desgracias no solo para la Banda Oriental sino para la Nación entera”.

En carta a Lavalleja afirma que como general de las provincias Unidas ejerce su mando sobre Misiones, Corrientes, Entre Ríos y la Banda Oriental, y aunque Lavalleja sea Gobernador, le está sujeto en la jurisdicción militar. Protestando además por que el ejército ha tomado la denominación de “Ejército Oriental”, no siendo menor la protesta de Lavalleja.

La decisión del gobierno de Buenos Aires es que los gobiernos de las provincias no ejerzan ninguna jurisdicción militar y se reserven exclusivamente los asuntos económicos y gubernativos. El ejército hace a la independencia.

El 7 de febrero de 1826 el Congreso de las Provincias Unidas elige a Bernardino Rivadavia como primer presidente de la República, por consecuencia de la ley de unión y acto de incorporación, es nuestro primer presidente.

Tomás Iriarte que acompaña el Ejército testifica que Rivera hizo muchas quejas contra Lavalleja y sus injusticias y agrega “era Rivera hombre sagaz, astuto, con vivezas de gaucho, pero muy embustero”.

Las rencillas continúan y anuncia que “estos dos jefes de partido hacían muy difícil y espinosa la posición del mando ”.

La campaña se hace con la bandera de las Provincias Unidas, el mando en jefe corresponde a Martín Rodríguez y después al Ministro de Guerra, Carlos María de Alvear; las unidades militares orientales conservan sus mandos y su integración, Lavalleja entrega el mando a su delegado, Joaquín Suárez y Rivera queda proscrito del Ejército.

Carlos María de Alvear está vinculado a nuestra historia a través de los siguientes acontecimientos: sitio y ocupación de Montevideo en 1814, intento de ocupación de toda la Provincia Oriental entre 1814 y 1815, Director Supremo de las Provincias y enemigo declarado de Artigas y el Federalismo, proyectó la independencia bajo el protectorado de Gran Bretaña, exiliado se alió a los jefes federales en 1820 en su ofensiva contra Buenos Aires. Ministro de guerra con Rivadavia, quedará separado de la escena política hasta que Juan Manuel de Rosas lo designe embajador en los Estados Unidos.

Fructuoso Rivera pasa a Buenos Aires, en julio de 1824, se vincula a la política porteña y debe trasladarse a Santa Fe desde donde iniciará en 1827 su campaña hacia las Misiones.

Santiago Bollo, en su “Manual de Historia de la República Oriental del Uruguay” escribe que:

“Rivera había sido uno de los más distinguidos tenientes de Artigas, mandó en jefe muchas batallas, alcanzando el rango de coronel, mientras que Lavalleja, con el grado de capitán, si bien había prestado grandes servicios en la misma lucha, haciéndose notar por su arrojo en más de una ocasión, no había desempeñado sino un papel muy subalterno”

“Por el contrario, cuando sometidos ambos al servicio de Lecor, llegó el momento de obrar contra el extranjero, a la sombra del apoyo que el general Da Costa prestó a los orientales en su odio a los brasileños, fue Lavalleja de los primeros en lanzarse a la conspiración, mientras Rivera, especialmente invitado para el mismo fin, había diferido su respuesta bastante tiempo, contestando finalmente que no se adhería a los trabajos revolucionarios, por creer que la Provincia no estaba preparada para regirse por si misma”.

“Esta contestación abrió un profundo abismo entre Rivera y los conspiradores, al punto que aseguran algunos, al iniciarse las hostilidades entre brasileños y portugueses, la primera sangre que corrió fue la vertida por los orientales, divididos en dos bandos, uno al mando de Rivera, por los brasileños, y el otro por los portugueses bajo el mando del entonces mayor, Manuel Oribe”.

“A todas esta consideraciones, hay que agregar que Rivera, cuya superioridad militar no admitía comparación con la de Lavalleja, no se resignaba haber sobre los hombros de su subalterno de ayer su propio grado de brigadier, y lo que era más insoportable todavía, a recibir sus órdenes, como gobernador que era de la Provincia; considerándose con razones de más o menos peso, más acreedor a aquel puesto que su feliz rival”.

Ituzaingó

El 25 de diciembre de 1826, marchan 7.000 hombres del Ejército Republicano, argentinos y orientales, al mando en Jefe del Ministro de Guerra, Carlos María de Alvear; Lucio Mansilla, en el Estado Mayor; Juan Antonio Lavalleja, en el Primer Cuerpo; Miguel Soler, en el Tercero y reconocidos oficiales como Juan Lavalle, Eugenio Garzón, Pablo Zufriateguy, Manuel Oribe, Julián Laguna, Leonardo Olivera, José María Paz, Adrián Medina, Antonio Díaz, Manuel Olazábal...

La proclama que remite a los pueblos orientales dice: “el imperio prepara nuevas cadenas para esclavizaros: preparemos nosotros coronas de flores para los pueblos del Brasil, que van a romper sus grillos y van a aparecer por primera vez en el mundo de los libres”.

Los brasileños al mando del general Filisberto Caldeira Ponte - Marqués de Barbacena, alinean 9.000 hombres y contaban jefes veteranos:José de Abreu, Gustav Bram, Bentos Manuel Ribeiro y Bentos Gonzalez. El emperador Pedro I, se instala en Porto Alegre.

Las fuerzas republicanas derrotan a los brasileños en: Bagé (23 de enero) Bacacay (13 de febrero) Ombú (16 de febrero) y en Ituzaingó el 20 de febrero. Un último triunfo es, Camacuá, 23 de abril.
Las permanentes discusiones entre Alvear y Lavalleja trastornaron la moral del ejército y comprometieron el éxito de las operaciones.

Tomás de Iriarte describe una escena “... el tono de Alvear era amenazante y yo conocí que aunque Lavalleja quería resistir con energía, estaba algo intimidado. Aquel diálogo acalorado iba progresivamente tomando cuerpo, se empezaban a emplear expresiones violentas, soeces, descomedidas... hubo amenazas de fusilamientos, gritos desacompasados y como aquella escena de taberna entre dos generales en campo abierto y a presencia de innumerables testigos me causaba excesivo disgusto...Lavalleja quedó tan disgustado después de este suceso que al día siguiente quiso separarse del ejército y retirase con la vanguardia a la provincia Oriental. Costó mucho trabajo disuadirlo de un paso cuya consecuencia infalible habría sido la guerra civil”.

La proclama de Alvear que sigue al éxito destaca:

¡Soldados! En el día de ayer, en Ituzaingó, habéis dado un nuevo día de gloria a la patria. Cuando la noticia de este triunfo llegue a la República Argentina, todos nuestros conciudadanos cantarán loores a vuestro valor.

¡Soldados! Vosotros sois bien dignos del aprecio de la República. En 55 días de marcha, las penalidades que habéis sufrido son de todo género. Vuestro general está contento de vuestra conformidad y de la frente serena con que habéis soportado todas las fatigas entre los rayos de un sol abrasador.

¡ Soldados! Vuestra gloria es inmensa, puesto que habéis hecho triunfar el pabellón argentino en Bacacay como en el Ombú, así como en Ituzaingó...

El Ministro argentino en Río de Janeiro, Manuel García (el mismo que negoció la invasión de 1816) negocia la paz con el Emperador Pedro I sobre la independencia relativa de esta Provincia bajo el protectorado del Brasil.

La noticia produce en Buenos Aires el levantamiento de los federales contra el trato y contra la constitución unitaria que Rivadavia y el Congreso aprueban. El presidente renuncia el 27 de junio de 1827.

La situación es crítica: Santa Fe y Córdoba se niegan a prestar auxilios a la guerra; en Buenos Aires, Manuel Dorrego, del partido federal toma el mando, se niega a ceder la Provincia Oriental pero no tiene recursos para continuar la guerra.

Las repercusiones en la Provincia Oriental no tardan: renuncia Alvear, Lavalleja toma el mando en jefe del ejército, recupera el gobierno de la provincia, destituye a Joaquín Suárez y disuelve la Sala de Representantes, el 4 de octubre de 1827, que había aprobado la constitución unitaria de Rivadavia.

Julián Laguna, Leonardo Olivera, Pablo Pérez, Adrián Medina, Andrés Latorre, Juan Arenas, Miguel Planes, Simón del Pino y Manuel Oribe, con las unidades y departamentos a sus órdenes, apoyan a Lavalleja.

Los “aporteñados” ó liberales unitarios rompen sus relaciones con los “lavallejistas” federales que buscan apoyo en Manuel Dorrego.
Los hechos dan la razón a Rivera, de que Buenos Aires no es confiable. Queda la opción de una alianza entre “abrasilerados”, unitarios y “riveristas”.

Arreguine en su “Historia del Uruguay” juzga a Lavalleja en estos términos:

“Al hacerse cargo Lavalleja del ejército de operaciones, se sintió superior al conjunto de sus compatriotas. Su nombre sonaba con estruendo de gloria, y así como en la guerra había sido el árbitro, quería serlo también en las funciones civiles. Algunos individuos que consagraban sus aptitudes a éstas le eran opuestos, lo cual contrariaba su deseo avasallador de preponderancia, estimulado por su esposa y los más de sus parciales. Necesitaba ser dictador, dominar, hacerse obedecer, figurar como el primero sin restricciones civiles. De caudillo habíase transformado en verdadero militar, que por su largo destierro en la isla Das Cobras, ya por su trato con generales de escuela. La dictadura hacía falta. Los departamentos estaban regidos por comandantes militares y el choque entre ellos y la autoridad civil era frecuente. Por otra parte, poderosas razones políticas, determinaban al general den jefe a constituirse en dictador. Casi todos los empeñados civiles de otrora se habían entregado en brazos de Portugal y del Imperio y ahora se trataba de independizar la Banda Oriental, muchos de sus hijos tal vez llegaran a ser un obstáculo al respecto. Lavalleja no manifestaba intenciones de constituir en su Provincia en un estado independiente, pero todas las probabilidades favorecían esta solución de la guerra. Públicamente se hablaba de ello, desde el rechazo del convenio de García, y desde mucho antes había en el Uruguay un partido que opinaba por la independencia, a cuyas sugestiones no era ajeno el General. Si ese hecho previsto, anunciado y sostenido por los mismos porteños, llegaba a realizarce era natural que el jefe de los treinta y tres pensara en asegurarse la posesión del poder, ya que su alma no estaba exenta de ambición”.
“No obstante ser ésta desmedida, Lavalleja, carecía de dotes políticas, y mal podía convertirse en dictador. Sin plan de gobierno, sin ninguna idea progresista. ¿A que podía aspirar? Al mando supremo, a saciar su ambición. Y con todo, sin que el mismo Lavalleja, se diera cuenta, la dictadura se hacia necesaria. Eran tiempos de guerra, y el poder, concentrado en una mano, en un hombre investido con facultades extraordinarias, podría dar unidad a la marcha del país en todas las esferas. Suárez, mas pensador, más enérgico que el general, valía como gobernante lo que este jamás llegó a valer en tal sentido; pero los momentos eran demasiado solemnes para que un hombre civil tuviera a su cargo el poder y sometiera, cuando fuera del caso, a los hombres de guerra al cumplimiento de sus leyes de paz. Había un inconciliable antagonismo entre la ley escrita y las costumbres, y sabido es que la costumbre llega a imponer la ley sobre todo en tiempos anormales ”.

Lavalleja delega nuevamente el gobierno de la Provincia en Luis Eduardo Pérez y se pone al frente del ejército para continuar la campaña hacia el Brasil. Las fuerzas permanecen en el cuartel de Cerro Largo carentes de vestuario, caballadas, armas y dinero, que Buenos Aires no puede proveer y graves problemas de disciplina.

Lavalleja y Rivera

Rivera es desde el comienzo uno de los lugartenientes de Artigas y que Lavalleja no pasa de capitán distinguido. Mientras Rivera contemporiza con los portugueses y abandona a Artigas, Lavalleja está prisionero.

Mientras Rivera, recibe los títulos de “barón de Tacuarembó”, de Brigadier General y se gana la confianza del gobierno portugués primero y después brasileño, protege a los paisanos, halaga a la tropa, alterna con el patriciado de Montevideo y pide que alguien pague los 10.000 pesos en deudas de juego, como “gastos del servicio”, tiene su propio regimiento y ofrece un empleo a su antiguo subalterno y compadre.

La intrepidez ó la obstinación de Lavalleja mantienen el esfuerzo que requieren los trabajos en las provincias y en Buenos Aires durante 1823 y 1824. El exiliado negocia con Mansilla y Solas, gobernadores de Entre Ríos; con Estanislao López, en Santa Fe; con Dorrego y Rosas, en Buenos Aires a quien le escribe “si es que se verifica la entrevista con Rivera, permítame decirle que tenga mucho cuidado porque es el demonio de intrigante”.

Juan Manuel de Rosas interesado en la empresa pasa a territorio oriental a examinar opiniones entre ellas la del mismo Rivera, que siempre estuvo al tanto de los negocios y accedió a pasarse con su regimiento apenas cruzaran el Río.

En 1825, la rueda de la fortuna gira y Lavalleja es el Gobernador y Capitán General, Rivera presta su acatamiento desempeñando las funciones de Inspector de Armas. La Unión con las Provincias lo desplaza y desde 1826, Rivera es el proscrito y desde Santa Fe abre su campaña a las Misiones. En 1828, ambos están frente a frente.

Rivera llega en algún momento a perder su calma y dice de Lavalleja, en 1827:

“renegó de Artigas y se quedó en el sitio con la milicia de Manuel Artigas la cual desarmaron en el Cerrito de la Victoria y entonces Lavalleja desertó de los porteños y se fue solo con su hermano Manuel a dar a Arerunguá a pedir perdón a José Artigas que lo perdonó y lo colocó en mi regimiento de capitán. Como era su prisionero fue al Janeiro, allí juró la Constitución española, vino a Montevideo y se le hizo Teniente Coronel de mi regimiento. Juró al Rey Don Juan VI en Clara, renegó de este para jurar al emperador Pedro I, renegó de este y se pasó a Alvaro Da Costa, en el año 23 se fue a Buenos Aires y en el año 25 a la Banda Oriental, en ella juró al gobierno de Buenos Aires y lo hizo jurar a todo su país: él asegura a los gobiernos y a todo el mundo que es acérrimo federal, y si le da ganas, Julián de ser inglés o austríaco y nos mete en una mazamorra que nos lleve el diablo”.

Otra carta de Rivera, a Lavalleja, de la misma época dice:

“a otra cosa compadre con los hidalgos, cuidado con Alvear mire usted que es lo más malo que yo he conocido. Usted no se fíe de uno ni de otros, los primeros en su país tienen ventaja sobre nosotros para hacernos la guerra como usted sabe y por lo mismo no hay que dormirse. Compadre, dejése de bromas y vamos a reconciliarnos y hacer desaparecer a esos trompetas como usted dice y hacer palizas a esos trompetas portugueses en menos de seis meses. Yo le pongo a usted la vida a que unidos ni uno ni otros nos hacen nada”

Con motivo de la presencia fugaz de Rivera, camino de Misiones, tratando a la vez una alianza, Lavalleja escribe a doña Ana: “concluiremos con ese canalla pues yo estoy cierto que Oribe le tiene miedo a ese mulato palangana”.

En otra carta, de Lavalleja a Rivera dice:

“...los acontecimientos políticos en la época desde que los portugueses tomaron posesión de la provincia, usted ha visto de un modo distinto las cosas: si su política ha sido la de gambetearles a los portugueses yo nunca he estado por ésta y sino díganlo los acontecimientos del año 22 y 23. Seguí con mi empeño adelante hasta el 25 que la emprendí usted es un testigo ocular de los acontecimientos ocurridos hasta mediados del 26. Los motivos que le dieron mérito a separase o ausentarse de la provincia para la de buenos Aires, los ignoro... y como usted mejor que nadie me conoce, se lo pongo de manifiesto. Usted sabe que yo soy un diablo, pero usted es con uñas patas y astas... le confieso como amigo que el mayor deseo que he tenido en este mundo ha sido el tener un entrevista con usted pero los dos solos en un cuarto a puerta cerrada y que nos diéramos más trompadas que mentiras ha echado... tengamos más mundo, hemos padecido lo bastante y vamos a unir nuestros corazones y que no se rían de nuestras miserias... mándeme una chinita linda y le mandaré a su tuerta Juana la consabida”.

Rivera en las Misiones

Fructuoso Rivera abandona su exilio en Santa Fe y con los hombres que reúne ocupa las Misiones y amenaza avanzar hasta Porto Alegre si los riograndenses lo acompañan.

A su paso por el territorio oriental, Oribe trata de dispersar a los “riveristas” en el Cuareim. En Buricayupí, el 26 de marzo de 1828, corre la primera sangre de “hermanos”.

El gobernador brasileño, conde José Joaquín de Alencastre debe evacuar los pueblos ante el avance.

Zorrilla de San Martín en la Epopeya de Artigas y Orestes Araújo en Episodios Históricos hacen referencia a la “astucia” de Rivera:

“... mientras la victoriosa hueste se entregaba a la faena de carnear unas reses, sobrevino una segunda fuerza imperial en auxilio de la que acababa de ser derrotada. Al mismo tiempo, ve Rivera en la margen opuesta del río a Manuel Oribe, que lo venía persiguiendo con su división. Se encuentra, pues, entre dos fuegos: un enemigo al frente y otro a retaguardia dispuesto a cruzar el río en su busca. Un relámpago, uno de los tantos, brilla en la cabeza del fulgurante caudillo. Se dirige al jefe brasileño y le dice: ¿Ve usted aquella fuerza que está del otro lado del río? Es la vanguardia del gran ejército de la patria. Yo formo parte de ella. Sólo espera mi aviso para vadear. La resistencia de usted será inútil, ríndase. Y el enemigo se rindió. No podía con tanta gente. Oribe, por su parte, creyó que Rivera, a quien distinguía en conferencia con el contrario, hacía causa común con éste; no se creyó bastante fuerte contra ambos y desistió de su persecución. Y Rivera dejó el Ibicuy a su espalda, y penetro al galope, y sonriendo con su clásica sonrisa, en el asido territorio que ya consideraba suyo”.

Rivera se pone en comunicaciones con Manuel Dorrego, haciéndole llegar las novedades de su campaña en las Misiones, lo que serviría a la causa de la guerra contra el Brasil.

La ocupación de las Misiones reproduce el plan artiguista de atacar el territorio brasileño con el río Uruguay a la espalda.

Amenaza directamente Porto Alegre, puede iniciar una revolución separatista en Río Grande y Santa Catalina, una revolución esclavos ó de los mercenarios irlandeses y alemanes del Ejército Brasileño...

Intenta en el breve tiempo de su expedición organizar la Provincia darle un gobierno provisorio, convoca un Congreso en San Borja, declara su independencia y perpetua unión con las demás, crea su pabellón y envía representantes a Buenos Aires. Durante la expedición Rivera es asesorado por Lucas Obes y mantiene activa correspondencia con Julián de Gregorio Espinosa. La Convención trunca todos sus esfuerzos.

LA CONVENCIÓN Y LA INDEPENDENCIA, 1828

Lord Ponsonby, ministro inglés en Río de Janeiro, valora efectivamente las consecuencias y las utiliza para convencer al Emperador y a sus ministros de la necesidad de establecer la paz sobre la independencia absoluta de la Provincia Oriental.

Una tarea un poco más difícil sería convencer a Manuel Dorrego y a Lavalleja de aceptar la solución. Pedro Trápani y el enviado personal de Ponsonby, J. Frase influyen directamente sobre Lavalleja.

Fraser deja notas interesantes de su permanencia en el campamento de CerroLargo:

“el ejército republicano es muy inferior al brasileño, en cuanto a número no excede de 5.000 hombres. De estos, hay unos 1.700 de caballería regular de Buenos Aires. La infantería no excede de 1.500 y el resto son gauchos, las tropas de la banda Oriental. Las tropas de Buenos Aires son consideradas las mejores en el ejército, casi todos, son veteranos que han luchado, con San martín, en las guerras de la independencia de Chile y Perú. La infantería es lamentable y casi toda compuesta de negros, gran parte de los cuales son esclavos brasileños escapados. Son de tan poca confianza, que se los retiene en Cerro Largo, a cuarenta millas a la retaguardia del ejército. La artillería consiste en dieciséis piezas de campaña pero no puede compararse con la brasileña. Los gauchos o tropas de la Banda Oriental son una multitud indisciplinada, feroces al extremo, en hábitos y apariencia parecidos a los gitanos de Europa. Son despreciados por las tropas más regulares de Buenos Aires que a la recíproca son miradas por los gauchos con celos y odio”...

En los hechos, la guerra no puede continuar ya que los contendientes no tienen dinero y su propia estabilidad interna está en riesgo: federales y unitarios en Buenos Aires, monárquicos y republicanos en Brasil y el riesgo de secesión de Río Grande.

Los brasileños ni cortos ni perezosos exigieron un precio: la devolución de las Misiones, Rivera debe evacuarlas antes de firmar la paz.

Los artículos fundamentales de la Convención son muy concretos en las soluciones:

1. “Su Majestad, El Emperador del Brasil declara la Provincia de Montevideo, llamada hoy Cisplatina, separada del territorio del Imperio del Brasil, para que pueda constituirse en Estado libre e independiente de toda y cualquiera nación, bajo la forma de gobierno que juzgare conveniente a sus intereses, necesidades y recursos”.

2. “El Gobierno de la República de las Provincias Unidas concuerda en declarar por su parte la independencia de la provincia de Montevideo, llamada hoy Cisplatina, y en que se constituya en Estado libre e independiente, en la forma declarada en el artículo antecedente”.

3. “Ambas altas partes contratantes se obligan a defender la independencia e integridad de la Provincia de Montevideo, por el tiempo y en el modo en que se ajustare en el tratado definitivo de paz”.

En otros artículos se agrega:

“Los mismos representantes se ocuparán después en formar la Constitución y ésta, antes de ser jurada, será examinada por comisarios de los gobiernos contratantes, para el único fin de ver si en ella se contiene algún artículo que se oponga a la seguridad de sus respectivos estados”.

“Los dos gobiernos contratantes convienen en que si, antes de jurada la Constitución de la Provincia, y cinco años después, la tranquilidad y seguridad fuese perturbadas dentro de ella por la guerra civil, prestarán a su gobierno legal el auxilio necesario para mantenerlo y sostenerlo”.

El documento se firma en Río de Janeiro en 28 de agosto de 1828, luce al pie los nombres de los representantes argentinos, Juan Ramón Balcarce y Tomás Guido y de los ministros brasileños, Marqués de Arazatí: José Clemente Pereyra y Joaquín de Oliveira Alvarez.

El 4 de octubre de 1828, canjean las ratificaciones en Montevideo.

Nuestra independencia aparece como resultado del acuerdo que pone fin a la guerra entre Argentina y Brasil, estableciendo el vigente equilibrio en el Río de la Plata. El enviado inglés debía establecer la paz, que asegurara el comercio y la libre navegación de los ríos.

Si el territorio oriental continuaba bajo dominio brasileño, sería un foco permanente de disturbios y si era incorporado a las Provincias Unidas el Río de la Plata sería un río interno de jurisdicción nacional.

El gobierno inglés no apoya las pretensiones de ninguna de las partes, preve que no reciban apoyo de Francia (Pueyrredón y Rivadavia habían defendido la influencia francesa en el Plata) ni de los EEUU. Son de igual importancia los cueros de Argentina que el algodón, madera y la caña de azúcar del Brasil y ambos son consumidores de productos británicos. También se convence al gobierno de Buenos Aires que sería imposible retener a los orientales, que se han mostrado rebeldes desde los tiempos de Artigas.

Luis Alberto de Herrera en sus obras: “La Misión Ponsonby” y “La Paz de 1828” cita las cartas de Lord Ponsonby:

De Ponsonby a Canning – 20 de octubre de 1826.

“... sabemos en que gran número los ingleses han acudido a los territorios del Plata, como comerciantes, mecánicos y agricultores, y las grandes extensiones de tierra adquiridas en propiedad por ellos. Conocemos, también el deseo del gobierno y pueblo de esta república de alentar a los colonos y, más particularmente a los colonos ingleses y ofrecerles facilidades para su rápido establecimiento, favorecido por la ausencia de bosques y otros obstáculos, que en otras partes, impiden el inmediato cultivo. El colono encuentra aquí abundancia de caballos y ganados, un suelo rico y una fácil y constante comunicación con Inglaterra. La religión no solo es tolerada, sino respetada, y las personas y propiedades extranjeras están tan bien garantidas como las de los mismos nativos. Y, como perspectiva casi cierta, la probabilidad de que por la industria y la inteligencia, puede acumularse, rápidamente una considerable fortuna...”

“...la Banda Oriental es casi tan grande como Inglaterra; tiene el mejor puerto del Plata dentro de sus límites; el suelo es particularmente fértil y el clima el mejor, con mucho, de estas regiones; está bien regado y en partes, provistos de buenos montes. Muchos de sus habitantes tienen grandes posesiones; son tan cultos como cualquier persona de Buenos Aires y muy capaces de constituir un gobierno independiente, probablemente tan bien administrado y conducido como cualquiera de los gobiernos de Sudamérica...”

“Estando en posesión de la Banda Oriental, a la cual eventualmente se liga la posesión permanente del Plata, en manos de la República del Plata, esto podía en pare, ser una defensa contra el peligro citado, siempre que no se pudiera colocar a ese estado más d e acuerdo con la justicia y la seguridad. Sin embargo, yo no creo que a Buenos Aires se pudiera confiar, con seguridad el dominio del Río de la Plata. Creo que sucedería fácilmente que un partido imperante podría tener intereses privados en emplear ese dominio para propósitos franceses o norteamericanos y aun podría seguir la política y unirse con el Brasil, para satisfacer miras estrechas, y con la posesión de la Banda Oriental, Buenos Aires podía hacer prosperar cualquier proyecto hostil que en Río se fraguase contra el comercio británico; ni faltan pruebas en la conducta del gobierno del señor Rivadavia de su intención de fomentar los intereses franceses en este país”.

“En vista de estas circunstancias y de lo que podría resultar de ellas en un futuro distante, parece que los intereses y la seguridad del comercio británico serían grandemente aumentados por la existencia de un Estado que, debido a su posición, podría impedir los males posibles, o remediarlos si fueran creados, y en el que los intereses públicos y particulares de gobernantes y pueblo haría que tuviese, como el primero de los objetivos nacionales e individuales, cultivar una amistad firme con Inglaterra, fundada en la comunidad de intereses y en la necesidad manifiesta de todos ellos, que palpablemente contribuiría a la protección y prosperidad de la misma Inglaterra. Tal estado creo sería una Banda Oriental independiente, el contiene mucho d lo que sería deseable para habilitar a Inglaterra a asumir la política defensiva que la prudencia pudiese señalarle que adoptara. La Banda Oriental contiene la llave del Plata y de Sudamérica superior; su población está animada de un fuerte sentimiento nacional, le desagradan los brasileños y los de Buenos Aires por igual, y se inclina más a los ingleses que a ninguna otra nación, derivando en la actualidad de Inglaterra la mayor parte de su confort y placer y sus terratenientes principales esperan de la inmigración inglesas las mayores probabilidades para adelantos futuros en energía y riqueza. Es un pueblo viril y capaz de defenderse en una campaña, aún con su escasa población, contra el Brasil o Buenos Aires, manteniendo su poder, el primero solo por medio de las fortalezas”.

“La intención de Lavalleja es desmantelar Montevideo, pero creo que se puede persuadir que conservara la ciudadela, que domina el puerto y la ciudad y que puede defenderse con un puñado de hombres”.

“La Gran Bretaña podrá con facilidad y sin dar motivos justos de queja a otra nación cualquiera, contribuir mucho al progreso rápido de este Estado, en cuyo establecimiento firme yo creo que se halla la fuente segura de un interés y un poder para perpetuar la división geográfica de Estados, que beneficiaría a Inglaterra y al mundo. Con estas ideas, yo he deseado anhelosamente cumplir con éxito las instrucciones del señor Canning, que me indican, si fallásemos en la propuesta originaria para la paz, sobre una compensación pecuniaria al Brasil, que tratásemos, entonces de establecerla sobre la base de la independencia de la Banda Oriental y de Montevideo”.
“Creo que esto pudiera lograrse, aun mismo cuando las actuales apariencias resultaran ilusorias, siempre que la Gran Bretaña creyese conveniente conseguir este fin”.

“Al separar la Banda Oriental de la República, no se haría ningún mal a Buenos Aires. Por largo tiempo, los orientales no tendrán marina y no podrían por tanto, aunque quisieran, impedir el comercio libre en el Plata. Para la época en que puedan erigirse en poder naval, Buenos Aires habrá establecido comunicación con sus propios puertos sobre el Atlántico, más debajo de la boca del Plata, que son muy superiores a Montevideo. Buenos Aires ganará, al ser resguardada contra la interrupción de su comercio en el futuro, dejando a Montevideo en manos de un Estado Neutral. A ese respecto no puede desear más: si Su Majestad tuviera a bien conceder a estos países el beneficio de la libre navegación del Plata, sería de efectos inestimables; y si se me permite decir lo que creo que haría más par civilizar y mejorar a toda Sudamérica de este lado de los Andes que todo lo que pudieran hacer todas las otras medidas juntas...”

La Convención hace que la independencia definitiva el Uruguay sea una concesión del Emperador con el acuerdo de las Provincias Unidas, a favor del equilibrio en el Río de la Plata para servir de base a los intereses británicos en la región.

Argentina y Brasil se reservan los derechos de revisar la Constitución a fin de que no se introdujera ninguna posible base para la reunificación y se obligan a mantener la independencia, uno contra el otro, las dos amenazas evidentes del país. Se reservan el derecho de auxiliar al gobierno que consideren legal, ¿que ocurrirá si no se ponen de acuerdo en cual es el gobierno legal?.

En 1828, el estado de guerra civil entre Lavalleja y Rivera es un hecho admitido. Las elecciones de Representantes resultan violentas dada la oposición contra Lavalleja y los militares, sobre lo que escribe Oribe: “ conviene que con la velocidad que sea dable le ordene al Gobernador Delegado suspenda la formación de la Sala de Representantes. Es increíble lo que han minado para que esta se componga de individuos de la facción abatida... con motivo de moverse el ejército no puede procederse a recoger los sufragios de dos mil orientales que se hallan en sus filas y cuyo voto influiría la suerte del país”


Los años frágiles de 1828 a 1830

La figura de Fructuoso Rivera aparece enaltecida por sus antecedentes, por los éxitos en la campaña de las Misiones, la defensa que hace de los derechos orientales sobre los territorios del Cuareim (convenio de Irebé Ambá, del 25 de diciembre de 1828) cuando el Imperio reclama como límite norte, la línea del Arapey, frente al alegato oriental por la línea del Ibicuy.

A los méritos y astucia de Rivera, se agregan la ruptura entre Lavalleja y los representantes en 1827, el acompañamiento que los “abrasilerados” hacen a Rivera y la profunda crisis que debilita a las Provincias Unidas: el fusilamiento de Manuel Dorrego por orden de Juan Lavalle, inicia la guerra civil entre federales y unitarios y abre el camino de Juan Manuel de Rosas al gobierno. Lavalleja pierde apoyo en esta Provincia y en Buenos Aires.

El 22 de noviembre de 1828 se elige la Asamblea General Constituyente y Legislativa, en la que recae el problema de elegir un nuevo gobernador, evitando optar entre Lavalleja y Rivera. El 1 de diciembre eligen a José Rondeau, mientras tanto ejerce la gobernación, Joaquín Suárez.

José Rondeau, inicia su carrera militar en el cuerpo de Dragones, durante la Colonia, conduce las fuerzas militares porteñas en la Banda Oriental entre 1811 y 1814, en Alto Perú durante 1815, es Director Supremo de las Provincias Unidas, entre 1819 y 20. Carece de carisma político para la delicada situación que le corresponde conducir.

La Asamblea General Constituyente y Legislativa, se integra con: Silvestre Blanco (presidente), Alejandro Chucarro, Cristóbal Echevarriarza, Pedro Berro Francisco Solano Antuña, Eugenio Fernández, Luis Cavia, Manuel Haedo, Juan Benito Blanco, Agustín Urtubey, José Vázquez Ledesma, Roque Graseras, Joaquín Antonio Nuñez, Atanasio Lapido, Tomás Diago, Francisco Llambí, Ramón Masini, Manuel Barreiro, Miguel Barreiro, Francisco Muñoz, Antonino Costa, Manuel Pagola, Solano García, Francisco García, Luis Lamas, Lorenzo Pérez, Pedro de la Sierra, Lázaro Gadea, que son los firmantes de la Constitución de 1830.

Otros integrantes son: José Ellauri, Jaime Zudañez, Eufemio Masculino, Gabriel Pereira, Lorenzo Fernández, Joaquín Suárez, Juan Laguna, Santiago Sayago, Luis Pereira, Manuel Calleros, Feliciano Rodríguez, Nicolás Guerra, Pablo Zufriateguy, Carlos de San Vicente, Juan Francisco Giró, José Zubillaga, José Trapani, Francisco Antonio Vidal y Santiago Vázquez.

La Asamblea debe legislar y redactar la Constitución, que será revisada por los representantes del Brasil y de las Provincias Unidas.

Mientras tanto el gobierno se traslada sucesivamente de San José a Canelones y de ahí a Montevideo, el 1 de mayo de 1829. A fines de abril de 1829, las últimas tropas argentinas y brasileñas desocupan el territorio oriental.

José Rondeau ocupa el mando el 22 de diciembre de 1828 e integra su ministerio con Juan Francisco Giró, en Gobierno; Francisco Muñoz, en Hacienda; Eugenio Garzón, en Guerra, confía al Comandancia de campaña a Fructuoso Rivera y el mando del Ejército a Juan Antonio Lavalleja. Intenta conciliar las partes. Los problemas producen una crisis ministerial y Rondeau nombra a Rivera , ministro universal y a Lucas Obes, fiscal. Lavalleja escribe a Trápani:

“dios quiera tenga juicio este hombre, pero hablándole con la franqueza que acostumbro, lo creo más loco que nunca, yo creo que tal vez nos cause algunos disgustos, el se manifiesta ser el don preciso de este país, se cree un Mister Canning y el oído que presta, le agrada cuando lo elevan por nada al bien general, yo lo estoy contemplando y no quiero manifestar opinión para evitar celos, en resumen a migo crea usted que este hombre no se ha unido por el bien del papis sino por su interés particular, nada de patria, el ya creía en la últimas gambetas con los habitantes de la campaña, porque amigo es el mismo y mismísimo de los años 22, 23, 24 y hasta 29, yo soy por desgracia el que tengo que andar a redentor, todos conocen que no tienen asilo más que el mío y lo que se ha persuadido este diablo en que yo sea el que le tape las cacas yo le he hablado con franqueza diciéndole que yo servire a mi patria y no a personalidades, el mentor de esto es Obes y este nunca puede ser bueno”...

Un nuevo cambio en el ministerio lleva a Rivera a la comandancia general de campaña (enero de 1830), a Lavalleja y su secretario Miguel Barreiro al ministerio de Gobierno. Sucesivamente seguirán los nombramientos de Lucas Obes, Gabriel Pereira, Julián Laguna y José Ellauri. Lavalleja decide sacar a Rondeau, el gobierno era de los “abrasilerados”.



Las misiones de presentar nuestra constitución en Buenos Aires y en Río de Janeiro corresponden a Santiago Vázquez y a Nicolás Herrera. Uno reconocido unitario, el otro “abrasilerado”, ninguno de la confianza de Lavalleja.

El 17 de abril de 1830, una conspiración en la propia Asamblea General provoca la renuncia de Rondeau e inmediatamente Lavalleja vuelve a la gubernatura, la que ocupa hasta octubre en que Fructuoso Rivera asume la Presidencia.

Entran al nuevo ministerio: Juan Francisco Giró, Ignacio Oribe y Román de Acha. Rivera se pronuncia y amenaza con la guerra civil. El 18 de junio se avienen al acuerdo y el 18 de julio se jura solemnemente la Constitución. Se convocan a elecciones de los 9 senadores y 23 diputados, para el 1 de agosto.

Los “lavallejistas” no pueden contrarrestar su desprestigio, ante los grupos más influyentes de la sociedad, que se han reservado el derecho al voto y las condiciones de elegibles.

La nueva Asamblea General, elige a Fructuoso Rivera como primer presidente de la República, el 24 de octubre.

El discurso del presidente de la Asamblea, Silvestre Blanco es revelador en cuanto a su contenido:

“No, no es ella (la Constitución) solamente la que ha de traernos la tranquilidad interior y la libertad. Es preciso que nosotros le sacrifiquemos las aspiraciones; que nos prestemos gustosos a cumplir la Ley y nos opongamos con firmeza al que intente traspasarla... Los medios que nos son permitidos, los encontraréis detallados en la Constitución: si empleamos otros, si nuestras opiniones privadas han de dirigir nuestra conducta, en vano la juraremos y en vano esperaremos sus saludables efectos...”

“Veinte años han corrido después de nuestra revolución, y vemos que los nuevos estados de América no han conseguido aún consolidar su existencia política. Otro tanto debemos esperar si la fuerza es alguna vez entre nosotros título suficiente para hacer valer pretensiones personales; si no tenemos bastante virtud para resignarnos y sujetarlas a los poderes constituidos, nuestra patria no existirá, porque su existencia depende del sacrificio que hacen todos los individuos de una parte de su libertad para conservar el resto; y así como este es un principio conservador, el uso de la fuerza lo destruye...”

“... mas cuando los Poderes que sostienen la máquina política se inutilizan, porque los súbditos intentan oponerse por las vías de hecho, la guerra es el resultado necesario; las leyes quedan olvidadas; las garantías sociales se des precian; se rompe todo freno; las desgracias se suceden; los ciudadanos se desmoralizan; los partidos desconociendo límites a sus pretensiones, se hacen culpables a la vez; y el país corriendo de revolución en revolución, se precipita a la ruina”.

El discurso de Silvestre Blanco contiene tres elementos fundamentales: la exhortación a cumplir con las leyes renunciando al uso de la fuerza; la amenaza cierta de guerra civil a causa de los caudillos y el anuncio cierto de que provocará la ruina del país.

Considerando la situación anárquica del país y la falta de cultura cívica en las escacísimas repúblicas que existían, la Constitución de 1830 es una obra maestra de sabiduría y prevención. En el pensamiento de los constituyentes es categórico el liberalismo para salvaguardar los derechos individuales.

LA REPUBLICA DE LOS CAUDILLOS,
1830 A 1853

Más problemas que soluciones

El país nace a la vida independiente con innumerables problemas a resolver:

La Convención Preliminar de Paz no fija los límites; en los hechos se pierden las Misiones Orientales, al norte del río Ibicuy y todo el territorio desde el Ibicuy hasta la línea del Cuareim y Yaguarón.

La amenaza de una intervención brasileña ó de las Provincias Unidas que ejercen el protectorado durante 5 años. La frustración de la Unión con las Provincias Unidas, aunque ni los federales ni el Imperio han renunciado a recuperar la provincia ni algunos orientales están resignados a la separación.

La escasa población distribuída en el territorio, estimada en 30.000 habitantes, la mitad de los cuales vive en Montevideo. El interior es un “desierto”.

La falta de medios de comunicación, un velero tarda seis días en llegar a Salto y una carreta podía tardar un mes en llegar a Melo. No hay caminos ni un solo puente.

El nuevo gobierno carece de medios para imponer su autoridad sino dispone del ejército y del apoyo de los caudillos locales.

Los inmigrantes franceses y europeos en general no confían en los gobiernos de los nuevos estados y recurren a la protección de sus cónsules. En 1830 están instalados en Montevideo los consulados de: Brasil, Provincias Unidas, Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Portugal, España, Piamonte y Bélgica.

La población brasileña ocupa las estancias de la frontera y no reconoce un gobierno extraño y lejano.

Los esclavos, propiedad de orientales y sobre todo de brasileños.

Los indígenas: charrúas y misioneros, rechazados los primeros, protegidos de Rivera los segundos y enemigos entre si.

El atraso tecnológico de la economía porque el único rubro exportable proviene de la ganadería extensiva: cueros, carnes saladas, astas, crines... y la dependencia absoluta del comercio respecto al Brasil y a Inglaterra, proveedores y consumidores.

Los pleitos por la posesión de tierras y ganados, algunos que datan de la época colonial.

La vigencia de las leyes españolas que no se oponen en su interpretación a la Constitución de 1830, la convalidación de asuntos resueltos por leyes vigentes bajo las ocupaciones de Portugal, Brasil y de las Provincias Unidas.

La existencia de múltiples monedas: cobre brasileño, doblones de oro españoles, reales portugueses, pesos argentinos y libras esterlinas. La inexistencia del crédito y de rentas regulares para pagar el gobierno.

Las influencias personales de Lavalleja y Rivera sobre las facciones : “lavallejistas ó federales”, “riveristas u orientales”, “aporteñados o unitarios” y “abrasilerados”.

Entre las personalidades que acompañan a Lavalleja se pueden mencionar a Eugenio Garzón, Leonardo Olivera, Juan Francisco Giró, Manuel y Miguel Barreiro, Pablo Zufriateguy, Juan Benito y Silvestre Blanco... a prudente distancia, Manuel Oribe.

Entre las personalidades que acompañan a Rivera encontramos a liberales, antiguos “unitarios” y los “abrasilerados”. En el primer grupo: Joaquín Suárez, Gabriel Pereira, Francisco Antonio Vidal, Santiago Vázquez. En el segundo grupo: Lucas Obes, Nicolás Herrera y Manuel Herrera y Obes, Luis y Andrés Lamas, Dámaso Larrañaga...

Las condiciones restrictivas para el ejercicio del voto: suspendido a todos los que tuvieran con otro una relación de dependencia: mujeres, sirvientes, peones, soldados... o que no pueden ser responsables los analfabetos y otras categorías como “vago notorio” y “ebrio consuetudinario”.

La ciudadanía restringida en el ejercicio del sufragio deja un exiguo número de ciudadanos que se interesan en la elección. Las condiciones de elegible son más restrictivas al exigir una renta de 4.000 pesos oro en la profesión, oficio o propiedad.

El ciudadano modelo debe ser: hombre libre, casado, con propiedad, profesión u oficio, saber leer y escribir, hábitos y costumbres honradas y queda en discusión si católico ó liberal.

El permanente estado de guerra en las Provincias Unidas, entre provincias y entre federales y unitarios, que determinan el fusilamiento de Dorrego y el refugio de Lavalle en el litoral oriental. Rosas accede al gobierno como “Restaurador” frente a la anarquía.

El levantamiento de Río Grande y lucha entre republicanos federales y monárquicos en Brasil que pone en riesgo la neutralidad del país y la seguridad de la frontera.




La presidencia de Fructuoso Rivera.

La situación del país se conmociona: la guerra contra los charrúas (abril de 1831), la represión a los indios misioneros de Bella Unión (mayo de 1832), el motín de Juan Santana en Durazno, la primera revolución de Juan Antonio Lavalleja (junio de 1832), la invasión de Manuel Olazábal –oficial argentino que apoya a Lavalleja- (febrero-abril de 1833), la segunda revolución de Lavalleja (marzo de 1834) y la invasión de Manuel Lavalleja (junio de 1834).

“Lavalleja había cometido un atentado inexcusable al conflagrar el país, la revolución obedecía a motivos puramente personales. Lavalleja, quería sustituir a Rivera sino en la presidencia misma, por lo menos en la jefatura del ejército a fin de constituirse en heredero forzoso de la presidencia siguiente. Tal es la realidad de las cosas lo que justifica el proceso instaurado a al revolución por el gobierno triunfante” .

Oribe pone distancia de los trabajos de Lavalleja.

Todos estos hechos se suponen incentivados y financiados por Juan Manuel de Rosas a fin de alegar la intervención si había guerra civil de acuerdo con la Convención Preliminar de Paz.

Los “5 hermanos” copan el gobierno de Rivera: Lucas Obes, en la fiscalía; Nicolás Herrera, senador; Julián Alvarez, diputado; José Ellauri, ministro, se agregan Santiago Vazquez, ministro; Luis Lamas, jefe político de Montevideo y Juan Andrés Gelly. Ninguno goza de la confianza de Lavalleja que inicia la revolución.

Respecto de Lucas Obes, en 1810, el comandante José María Salazar de la Real Armada española dejaba este retrato:

“Obes es muy joven, tiene talento de travesura y es malo para enemigo, pero como lo que realmente forma al hombre útil al estado es su moral, debo decir a Vuestra Excelencia que la de Obes no goza la mejor opinión”.

Las inmediatas consecuencias son los embargos de los bienes de las familias Lavalleja y Monterroso y el destierro en Buenos Aires. Al término de la presidencia de Rivera inicia los reclamos y puede recuperar la casa, la quinta del Miguelete y las estancias de Yacuy y Belén, escrituradas en 26.000 hectáreas (1838). La quiebra de la Casa Davidson y Milner le ha significado una pérdida de $ 31.000.

Las apelaciones de Lavalleja contienen los cargos contra Rivera:

“...una administración inmoral dilapidaba y pasaba a sus manos y a las de su circulo la fortuna publica. Distribuía los empleos, no al mérito y al patriotismo, sino al favor, a los servidores del imperio. Su codicia no dispensaba ramo y con los más despreciables títulos, con los coloridos menos capaces de engañar... su avidez abrazaba desde las tierras de propiedad pública, hasta los más valiosos contratos de pesca... la deuda pública siempre aumentada y cerrándosele por esos medios la posibilidad de extinguirla, este camino solo bastaba para conducir al estado a su ruina. El patriotismo y los servicios prestados a la causa de la libertad mirados con desprecio, pisados, humillados, tratados tal vez como crímenes. Un triste sueldo en algunos y en los más la mitad de el, era la consideración única de los más afortunados”.

Los alegatos contienen otros cargos como: las leyes sin ejecución, evadidas o burladas, los reclamos de los representantes y las denuncias en la prensa de los abusos sin satisfacción.

“...la colonia del Cuareim, estos desgraciados naturales que el general Rivera arrancó con lisonjeras promesas de sus hogares en las misiones para hacerlos el instrumento de su rapacidad habitual y ambición mientras los presentaba a su patria como una adquisición valiosa a la riqueza pública, estos infelices para cuyo sostén habían salido cuantiosas sumas de las arcas del estado sin que ellos llegasen a reportar los beneficios de ellas, esto s hombres que habían sido engañados en gran parte exterminados por la mano misma para cuya elevación habían servido, eran los que estaban señalados por el árbitro de los destinos humanos para dar los primeros golpes a su poder”

El indio Lorenzo Gonzalez, Juan Santana, Eugenio Garzón y el mismo Lavalleja se levantan en armas.





La presidencia de Manuel Oribe.

La elección de Manuel Oribe, da esperanzas a la pacificación del país, en cuanto a la amistad con ambos caudillos y a sus vínculos con todos los sectores del país por su abolengo.

La familia Oribe Viana da a sus hijos una cultura superior a la que era accesible a los montevideanos de la época. Manuel Oribe inicia su carrera militar con José Rondeau e integra las unidades “porteñas” hasta la entrada de las milicias orientales a Montevideo, en febrero de 1815.

En 1817, sus desavenencias con Artigas y Rivera lo llevaron a pedir pasaporte a los portugueses para trasladarse a Buenos Aires. En 1822, apoya el movimiento de los “caballeros orientales” y combate contra Rivera en Quinta de Casavalle. En 1823, vuelve a Buenos Aires y entre 1825 y 1828 acompaña a Lavalleja.

La reconciliación con Rivera en 1832, le permite culminar su carrera militar ascendiendo de coronel, a brigadier y ocupar los cargos de Jefe de Estado Mayor, Comandante General de Armas, Ministro de Guerra y alcanzar la Presidencia de la República.

Oribe ocupa la presidencia con el decidido apoyo de Rivera y de sus allegados que dominan las Cámaras de Senadores y Diputados.

La primera decisión de Oribe es otorgar la amnistía a los “lavallejistas”.

Su carácter severo, la honestidad y la ambición provocaron la enemistad con Rivera y atrajeron la guerra civil por diversas cuestiones:

Fructuoso Rivera conserva la Comandancia General de Campaña que le permite estar al tanto de todos los sucesos en Montevideo y en las Jefaturas Políticas. Durante las elecciones puede influir decisivamente en los candidatos y en los votantes, y tiene jurisdicción directa sobre las milicias departamentales, al mando de oficiales leales a su persona.

Oribe decide suprimir la Comandancia General de Campaña, la que restablece para nombrar a su hermano Ignacio.

El Presidente de la República de acuerdo con la Constitución de 1830 nombra a su criterio los 9 Jefes Políticos de los departamentos: Paysandú, Soriano, Colonia, San José, Durazno, Cerro Largo, Maldonado, Canelones y Montevideo.

Los Jefes Políticos ejercen autoridad civil y militar sobre los departamentos y entre otras atribuciones organizan las elecciones.

Los Senadores se eligen, uno por departamento, en tercios cada dos años, con un mandato de seis.

Los diputados se eligen todos cada tres años. Por ley se puede ampliar su número y redistribuirse según los recuentos de la población de los departamentos.

Se celebran elecciones de senadores en 1830, 1832, 1834, 1836 y 1838, cada una con su correspondiente revolución o motín.

Se celebran elecciones de diputados en 1830, 1833 y 1836.

La creación de los departamentos de Tacuarembó, Salto y Minas, le permite a Oribe nombrar 3 jefes políticos de su confianza e influir en las elecciones de 3 nuevos senadores y por los menos 6 diputados que se incorporarían a la legislatura en 1838 y 1839. Los senadores electos permanecerían hasta 1844 y diputados hasta 1842, garantizando la elección del siguiente presidente. ¿Lavalleja ó Ignacio Oribe?

La pulcritud administrativa lleva adelante una severa investigación sobre los ingresos, gastos y cuentas de la administración Rivera y sus ministros, que la oposición “lavallejista” exagera, denunciando los fraudes y negociados.

Las diferencias entre Rivera y Oribe se enconan sobre la estricta neutralidad del Uruguay ante la revolución riograndense de 1835 y los trabajos revolucionarios de los unitarios argentinos refugiados en Colonia, que organiza Juan Lavalle y que motivan las protestas de Rosas.

El 16 de julio de 1836, Rivera se alza en armas; Rosas envía tropas al mando de Lavalleja y el 19 de setiembre, en los campos de Carpintería, combaten blancos y colorados.

Las tropas argentinas de Juan Antonio Lavalleja traen en los sombreros una divisa roja, color federal, con el lema “Restaurador de las Leyes”. Oribe adopta la idea con su decreto de divisa blanca:

“Todos los jefes, oficiales y tropa del ejército de línea, las guardias nacionales de caballería, las partidas afectas a la policía y todos los empleados públicos en los departamentos de campaña, usarán en el sombrero una cinta blanca con el lema “Defensor de las Leyes.
El Estado Mayor General, al Guardia Nacional de infantería, los empleados de toda la administración misma, las compañías de matrículas y de infantería de extramuros usarán también el mismo lema, que llevarán en una cinta visible en los ojales del vestido y en formación en el sombrero.
Todos los ciudadanos no enrolados usarán del mismo distintivo en los ojales del vestido como una señal de su adhesión a las leyes e instituciones de la República”.

Rivera se refugia en el Brasil acompañado de Juan Lavalle. Organiza un nuevo ejército, invade y derrota a Manuel Oribe en Yucutujá y en el Yi (22 de octubre y 21 de noviembre de 1837).

El 15 de junio de 1838, derrota a Ignacio Oribe y a Juan Antonio Lavalleja en el Palmar y avanza sobre Montevideo. Otra vuelta de la fortuna: Lavalleja subordinado a Manuel e Ignacio Oribe que habían servido a sus órdenes entre 1825 y 1827 .

Una comisión pacificadora integrada por: Ignacio Oribe, Julián Alvarez, Francisco Muñoz, Juan Francisco Giró, Alejandro Chucarro (como representantes del Poder Ejecutivo) y Santiago Vázquez, Enrique Martínez, Anacleto Medina, Andrés Lamas y Joaquín Suárez (como representantes de Rivera), restablece la paz a condición de la renuncia de Manuel Oribe.

El 23 y 24 de octubre Oribe presenta su renuncia y una nota de protesta:

“Convencido el Presidente de la República de que su permanencia en el mando es el único obstáculo que se presenta para volver a la misma la quietud y tranquilidad de que tanto necesita, viene, ante vuestra honorabilidad, a resignar la autoridad que como órganos de la nación me habías confiado. No es en este instante útil, ni decoroso, entrar en la explicación de las causas que obligan a dar este paso; y debe bastaros saber, como lo sabéis, que así lo exige el sosiego del país y la consideración de que los sacrificios personales son un holocausto debido a la conveniencia general. Dignaos, honorables Senadores y representantes, admitir la irrevocable resignación que hago en e este momento del puesto que he desempeñado, y concederme además, como a los ministros que quieran seguirme, una licencia temporal para separarme algún tiempo del país, pues así lo exige nuestra posición”.

La protesta dice, sustancialmente:

“El presidente constitucional de la República, al descender del puesto a que lo elevo el voto de sus con ciudadanos, declara ante los representantes del pueblo y para conocimiento de todas las naciones, que en ese acto solo cede a la violencia de una facción armada, cuyos esfuerzos hubieran sido impotentes si no hubieran encontrado su principal apoyo y la más decidida cooperación en la marina militar francesa, que no ha desdeñado aliarse a la anarquía para destruir el orden legal de esta República”.

La nota de protesta hace referencia a la alianza de hecho entre Rivera, Lavalle y las fuerzas francesas en guerra con Rosas. Francia necesita un puerto desde donde dirigir sus operaciones contra Buenos Aires, la política de estricta neutralidad de Oribe, provoca a los franceses a fomentar un cambio en el gobierno apoyando la revolución de Rivera.

Lavalleja y Garzón están atrincherados en Paysandú “sosteniendo las instituciones”. Con motivo de la declaración de guerra que realiza el gobierno de Rivera, se trasladan a Buenos Aires, a reunirse con Oribe.

La Guerra Grande

Es el último drama de la “república de los caudillos”. Es el conflicto más complejo por todos los protagonistas involucrados pero historiadores como Zum Felde lo consideran el último acto por la independencia del Uruguay. En 1851 se concreta la separación de las historias del Uruguay y de la Confederación Argentina.

Las causas de la guerra pueden agruparse en: nacionales, regionales e internacionales.

Las causas nacionales: el enfrentamiento político y militar entre blancos y colorados, las discrepancias sobre las ventas de tierras fiscales, la solución a los pleitos de la misma índole que se iniciaron en la época colonial, la dificultad de articular actos realizados bajo diferentes legislaciones.

Las causas regionales: el interés de Juan Manuel de Rosas de que la Provincia Oriental se una a la Confederación, para lo que apoya decididamente a Juan Antonio Lavalleja y a Manuel Oribe; este, residente en Buenos Aires toma el mando del ejército argentino en la guerra contra los unitarios. Otro alegato de Rosas es que presta ayuda al gobierno legal y defiende la independencia del Estado Oriental de acuerdo con las estipulaciones de la Convención de 1828.

Los unitarios al mando de Juan Lavalle preparan la invasión a Buenos Aires, comprometiendo la neutralidad de Rivera y provocan a Rosas. Los liberales argentinos están refugiados en Montevideo: Bartolomé Mitre, Florencio y Juan Cruz Varela, Esteban Echevarría, Domingo Sarmiento... apoyando todos los intentos para producir un cambio de gobierno en Argentina.

Cualquier intervención del gobierno argentino sobre la República Oriental debía contar con la oposición del Imperio del Brasil. No podía repetirse la “unión” de 1825 y debía mantenerse la “independencia” de 1828.

Las causas internacionales: la intervención francesa es decisiva para el triunfo de Rivera contra Oribe y en los planes de Lavalle contra Rosas. Inglaterra puede hacer valer su diplomacia o su oposición, pero no pondrá en riesgo la “independencia” del territorio oriental, el “equilibrio” regional y sus intereses comerciales en la libre navegación de los ríos. Inglaterra intervendrá tanto contra Rosas como para evitar la hegemonía francesa.

La presencia europea en el Río de la Plata está cambiando su estructura social. Cada año llegan entre mil y dos mil inmigrantes, que en tan exigua población como la del Estado Oriental (40.000 habitantes estimados); suponen cambios profundos en sus ideas y economía.

Entre 1835 y 1841, ingresan al Uruguay: 8.389 vascos; 7.781 gallegos, catalanes y canarios; 4.058 genoveses; 1.011 brasileños y 772 de otras nacionalidades. Los argentinos residentes se calculaban en 10.000. Al respecto Sarmiento ve con beneplácito los cambios y los explica:

“El sitio de Montevideo es una lucha entre la barbarie de las campañas y la aurora de la rehabilitación de las ciudades... Rosas era el representante de esa barbarie en las campañas argentinas. Pero mientras triunfaba la barbarie en la margen derecha del Plata triunfaba la civilización en la margen izquierda... desde 1836 empezó la entrada de colonos canarios, vascos, franceses , españoles, italianos, que improvisan industrias, labran la tierra, introducen mercaderías. Un pedazo de los Estados Unidos con su actividad creciente, su animación y su libertad, se muestra en solo seis años de dejar a Montevideo a su propia acción. Entonces fue que Rosas lanzó a Oribe sobre el Uruguay . Montevideo, como buenos Aires, había sido sitiado otras veces, aceptando el dominio de los caudillos. Pero, esta vez resolvió defenderse, porque ya estaba maduro el principio regenerador y los extranjeros enriquecidos en aquel Edén, en aquella California, ofrecieron su apoyo, su fortuna y su sangre...”

Otra vez don Frutos en la presidencia

El 1 de noviembre de 1838, el general Fructuoso Rivera da a conocer la siguiente proclama:

“Convencido por los hechos de la confianza que merezco a la Nación, declaro ante ella con la franqueza que a esta posición corresponde, que me juzgo con los medios, con la capacidad y con la voluntad suficientes para remover todos los obstáculos que se oponen al libre ejercicio de la Constitución; para afianzar de un modo perdurable el orden social, y para impedir que se repitan en la República conmociones y trastornos que concluirían por proscribir de la civilización el nombre Oriental. En consecuencia, a nombre de la gran asociación política que represento, poniendo a Dios y a mi honor por testigos de la rectitud de mis intenciones declaro:

Que me hago garante de las instituciones constitucionales de la República, tales como se encuentran establecidas en nuestro código político.
Que para hacer efectiva esta solemne garantía suspendo momentáneamente el ejercicio de los Altos Poderes Constitucionales.
Que esta suspención durará solo los días estrictamente necesarios para restablecer el orden, acallar las pasiones y preparar el libre ejercicio de aquellos Altos Poderes”

Las nuevas elecciones permitieron integrar las Cámaras que el 1 de marzo de 1839 eligen a Rivera para el período presidencial de 1839 a 1843.

Las influencias y garantías militares de Francia y las ventajas de los unitarios que toman la provincia de Corrientes, llevan a Rivera a declarar la guerra aludiendo a la amenaza a nuestra independencia concretada por Rosas.

Pascual Echague derrota a los correntinos e invade el Uruguay y es aniquilado por Rivera en la batalla de Cagancha el 29 de diciembre de 1839.

Militan en el ejército de Echague y Urquiza: Juan Antonio Lavalleja, Manuel Lavalleja, Leonardo Olivera, Eugenio Garzón y Servando Gómez.

Del lado oriental, bajo el mando de Rivera militan: Venancio Flores, Manuel Freire, Félix Aguiar, Anacleto Medina, Angel Nuñez y Enrique Martínez.

Escribe Rivera a su esposa Bernardina: “...el ejército hoy a las 12 del día (12 de octubre) estuvo en línea e hizo una salva de artillería en solemnidad de la batalla de Sarandí la que presenció Lavalleja y los suyos (desde el campamento argentino) que mal rato para aquel hombre desgraciado. Si tuviese sentimientos y patriotismo ver a sus compañeros de aquel día felicitarse por el triunfo; mientras el rodeado de miserables extranjeros desoladores de su patria a quienes el sirve de guía y de instrumento para desollarla, en fin mi Bernardina, a que hablar”

La batalla de Cagancha señala el ocaso militar de Juan Antonio Lavalleja, porque lleva la culpa del desastre. Aparentemente la unidad a su mando no cumplió las órdenes de flanquear y cortar la retirada de Rivera. Por orden de Rosas ya no desempeña mando de tropa.

La retirada de los franceses después de la convención entre el almirante Mackau y el ministro argentino Arana no detiene el conflicto.

En 1842, las provincias del litoral: Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes firman con el Uruguay la Liga del Cuadrilátero.

El 6 de diciembre de 1842, los aliados al mando de Rivera resultan masacrados en Arroyo Grande por el ejército argentino al mando de Manuel Oribe. Los dos militares orientales, presidentes de la república, enfrentados en batalla al mando de tropas argentinas. En 1823, los mismos orientales se habían enfrentado al mando de tropas portuguesas y brasileñas.

El 16 de febrero de 1843, Oribe inicia el Sitio de Montevideo, operación política y militar que estanca el conflicto hasta su desenlace el 8 de octubre de 1851.

En el Cerrito figuran: los hermanos Oribe, Servando Gómez, Carlos Villademoros, Antonio Díaz, Bernardo Berro, Atanasio Aguirre, Eduardo Acevedo y sin papel digno de mención Juan Antonio Lavalleja. Este permanece en su quinta del Miguelete.

La proclama que remite Manuel Oribe dice:

“vengo a reivindicar vuestros derechos, a restablecer vuestras instituciones, vuestras leyes, vuestro honor. El héroe inclito que preside los destinos de nuestra ilustre hermana la República Argentina, ha triunfado de todos los enemigos del orden, de la libertad y de la independencia; y he venido a vuestro seno para restituir a vuestra cara e infortunada patria el goce de sus derechos y de su prosperidad, bajo los auspicios de ese triunfo inmortal y con la cooperación de sus buenos hijos”.

En la Defensa figuran: Joaquín Suárez, Fructuoso Rivera, Melchor Pacheco y Obes, Andrés Lamas, José Ellauri, Francisco Muñoz, Manuel Herrera y Obes, Santiago Vázquez, Lorenzo Batlle, César Dïaz, Brígido Silveira, Manuel Carbajal, Venancio Flores, Angel Nuñez, Anacleto Medina, los hermanos Castro. Entre los emigrados argentinos: José María Paz, Bartolomé Mitre, Florencio Varela... y entre los numerosos inmigrantes, el destacado guerrillero, José Garibaldi.

De Garibaldi, escribe Bernardina Fragoso a su esposo: “la patria es lo que está contigo, aquí manda Garibaldi”.

Cronistas de época dejan el siguiente cuadro del Montevideo sitiado:

“la guarnición de la ciudad de Montevideo se compone de una legión francesa, de una legión vasca, de una legión italiana y de dos batallones de nativos, casi por entero compuestos por negros. El gobierno integrado por el presidente del Senado, Suárez, gobernando provisoriamente el Estado según la Constitución Oriental, por el Consejo de Estado y la Asamblea de Notable, es por entero oriental, pero no hay otra fuerza que la de las bayonetas extranjeras, otro crédito ni otros recursos que los del comercio extranjero. Los uruguayos están todos orientados hacia el general Oribe. Lo que mas ha contribuído hasta hoy a mantener ese todo compuesto de partidos heterogéneos es la intervención franco inglesa, es la influencia moral de los ministros de Francia e Inglaterra residentes en Montevideo, son los marineros franceses que están acuartelados en la ciudad. Ninguno duda que si la intervención se retirase ese singular andamiaje se hundiría y es imposible prever el desorden que esto traería aparejado”.

Las operaciones militares limitadas en Montevideo a guerrillas esporádicas y cañoneos tienen acciones más violentas en el interior de la república, donde las partidas de blancos y colorados se persiguen mutuamente.

La guerra entra en un empate del cual se probaron tres soluciones:

La primera solución son las intervenciones de Francia e Inglaterra: Defaudís-Gore (abril de 1845), Hood (julio de 1846), Waleswski- Howden (mayo de 1847) Gore-Gros (marzo de 1848) y los tratados Southern-Le Prodour (enero-abril de 1849).

Las misiones llevan el nombre de los diplomáticos que las encabezaron y condujeron las negociaciones sobre los temas de su interés: libre navegación de los ríos, libre comercio, situación de los súbditos de ambas naciones, respeto a la independencia e integridad de la República Oriental, devolución de prisioneros... Una fuerza naval de 36 naves y 6.000 hombres de desembarco completan los razonamientos diplomáticos.

José Ellauri, Francisco Magariños y Melchor Pacheco encabezan las misiones del gobierno oriental en Londres y París para mantener el auxilio europeo.

La segunda solución, supone un arreglo directamente entre orientales, que le cuesta a Rivera el destierro en Brasil en octubre de 1847.

Joaquín Suárez remite una proclama al Cerrito :

“cuatro años de sangre, de desolación de exterminio, ¿aún no es bastante calamidad para este desgraciado país? ¿Qué objeto tiene esta guerra? ¡Dónde están los grandes intereses nacionales, donde los motivos que puedan justificar esta lucha fratricida? Vosotros decís que defendéis la libertad e independencia de la patria; pero este también es el lema de los defensores de Montevideo. ¿Porque pues nos batimos? ¿Por qué nos aniquilamos y destruimos nuestro país? ¿Será acaso por sostener pretensiones y pasiones puramente personales? ¡Será para hacer prevalecer en nuestro país la política y los intereses de un gobierno extranjero? El gobierno de la República quiere sinceramente la paz, pero la paz debe dar por resultado la consolidación de nuestras libertades y de nuestra independencia nacional. Deponed odios y resentimientos que son incompatibles con el amor a la patria. El gobierno los tiene ya olvidados y para él son orientales todos los que llevando ese nombre combaten por sus fueros y derechos. Para una reconciliación él no tiene sino una condición, la elección libre de un gobierno por los orientales y para los orientales. Ninguna intervención extraña en el arreglo de intereses que son de nuestra sola competencia. Venid y formemos una sola falange, coloquémonos todos en derredor de la patria y seremos dignos de tenerla”.

La tercera solución, supone la intervención del Brasil, para salvaguardar la independencia oriental, como lo expresara Andrés Lamas, quien en diciembre de 1847 encabeza la misión y firma los 5 tratados de 1851.

Los cinco tratados son:

De límites, por el que renunciamos a todos los territorios al norte del Cuareim y acordamos el uso de los ríos por el Brasil.
De alianza, por el que se presta mutua ayuda en caso de peligro; evidentemente dirigido a la Confederación Argentina, para evitar cualquier nuevo riesgo de unión.
De préstamo, que subsidia al gobierno con 60.000 patacones mensuales.
De comercio, el ganado en pie exportado al Brasil no paga impuestos.
De extradición, se devolverían los negros esclavos fugados.

La sublevación del gobernador de Entre Ríos, Justo José de Urquiza, facilita la firma de la Triple Alianza contra Rosas. La disolución del ejército de Oribe y los deseos generales de terminar el conflicto, apuran las cosas. En febrero de 1852, la derrota de Monte Caseros y el exilio de Rosas en Inglaterra marcan el fin de la Guerra Grande.

El tratado del 8 de octubre de 1851, entre los orientales estipula que:

Se reconoce que la resistencia que han hecho los militares y ciudadanos a la intervención anglofrancesa ha sido en la creencia de que con ella defendían la independencia de la República.
Se reconoce entre todos los ciudadanos orientales de las diferentes opiniones en que ha estado dividida la República, iguales derechos, iguales servicios y méritos, y opción a los empleos públicos en conformidad con la Constitución.
La República reconocerá como deudas nacionales aquellas que haya contraído el general Oribe con arreglo a lo que para tales casos estatuye el derecho público.
Se procederá oportunamente y en conformidad a la Constitución, a la elección de Senadores y Representantes en todos los departamentos, los cuales nombrarán el Presidente de la República.
Se declara que entre todas las diferentes opiniones en que han estado divididos los orientales, no habrá vencidos ni vencedores, pues todos deben reunirse bajo el estandarte nacional para el bien de la patria y para defender sus leyes e independencia.
El general Oribe, como todos los demás ciudadanos de la República, quedan sometidos a las autoridades constituidas del Estado.
En conformidad con lo que dispone el artículo anterior, el general Manuel Oribe, podrá disponer libremente de su persona.

La Fusión

Al terminar la Guerra Grande la política de fusión, de unión de blancos y colorados tiene la finalidad de consolidar el estado, su independencia, ofrecer una imagen de progreso y civilización y alejar cualquier riesgo de guerra civil. Esto necesita una nueva forma de hacer política y prescinde de los caudillos. Los liberales, hombres cultos de ambos partidos, con educación comparten esta idea “urbana” que desconoce el vínculo con la población que los acompaña y que sigue siendo blanca o colorada.

El primer problema de los “fusionistas” fue la muerte del general Eugenio Garzón, candidato presidencial de ambos partidos.

Las elecciones generales de Senadores y Representantes se realizan entre noviembre de 1851 y febrero de 1852.

El 1 de marzo fue electo Juan Francisco Giró quien integra ministerio con figuras de ambas partes: Manuel Herrera y Obes, Venancio Flores y César Díaz y como presidente del Senado, Bernardo Berro.

Juan Antonio Lavalleja, pasa a ocupar la comandancia militar de la región este del país. Se le atribuyen a Lavalleja algunas conspiraciones para terminar con el gobierno de Oribe. En 1852 es reincorporado a las listas del Estado Mayor Genral como Brigadier y su figura recobra el prestigio perdido.

En carta remitida a Rivera, “internado” en Río de Janeiro le expresa:

“... le agradezco y me felicito por tener la ocasión de que nuestra tan antigua amistad y relaciones vuelva a restablecerse sincera y cordialmente. No dude usted que estoy altamente complacido por que usted me acaba de dar una prueba de lealtad que yo jamás dudé de la nobleza de su corazón... debemos lamentarnos ese cruel destino que nos depararon los asares en las brutales contiendas en que nos hemos visto envueltos probablemente sin desearlo y sin merecerlo. Muchas veces he lamentado hasta con emoción recordando lo que fuimos y bajo el sagrado nombre de la amistad y lo que llegamos a ser en el curso que no depararon los sucesos desgraciados de que hemos sido víctimas a la par de nuestra desventurada patria , que lamentara siempre la discordia de sus buenos hijos. En fin compadre, esa mala historia pasó, motivos poderosos tenemos para ser más cautos y no dejarnos arrebatar por los primeros impulsos olvidando que para nada somos divididos...”

El 18 de Julio de 1853, el motín militar contra el presidente Giró obliga su renuncia ante la amenaza de otra guerra civil.

El 23 de setiembre de 1853, acceden a formar un Triunvirato: Venancio Flores, Juan Antonio Lavalleja y Fructuoso Rivera. Los acompañan en el ministerio, Juan Carlos Gomez, Lorenzo Batlle y Santiago Sayago. Melchor Pacheco asume la Jefatura de Estado Mayor.

La proclama del gobierno dice

“la misión del gobierno provisional es afianzar al país la paz que un magistrado infiel ha comprometido. Todos los habitantes de la República están en el pleno goce de sus garantías constitucionales; ninguno se verá expuesto al menor sufrimiento por sus anteriores opiniones políticas; ninguno tema por su persona, pos su propiedad ó por el sosiego de su familia... confianza, orientales, en el pronto restablecimiento de la paz. Confianza en el patriotismo de vuestros ciudadanos”.

Lavalleja, en 1853 presta su prestigio para sostener al gobierno que integra y que le vale el distanciamiento de todos sus antiguos compañeros del “Cerrito”.

Juan Carlos Gómez habría oído de Lavalleja lo siguiente:

“Mi desgracia ha consistido en haber creído al partido blanco que me hablaba en nombre de la ley y de la patria, para hacerme instrumento de sus maldades, pero dios no ha permitido que no muera sin poner la espada de Sarandí del lado del partido colorado, al cual he debido pertenecer toda mi vida, porque en él estaban mis principios, la gloria de mi país y mi nombre”.

El 22 de octubre de 1853, muere repentinamente en el Fuerte (hoy Plaza Zavala, antigua casa de los gobernadores y después Casa de Gobierno).

Riva Zuccheli sintetiza la vida de Lavalleja:

“Concluida la homérica cruzada de los Treinta y Tres con la constitución de nuestra patria en nación independiente, Lavalleja entró en la oscuridad: su grandiosa misión estaba concluida. En 1832, lo vimos, con pesar, al frente de una revolución que fracasó. Otra intentona en 1834 no tuvo mejor resultado: ya no era entonces más que la sombra del Lavalleja de la Agraciada y Sarandí. En 1839 volvió a aparecer al frente de un cuerpo de ejército invasor de Echague, y durante la Guerra Grande, vivió en el campo sitiador, sin desempeñar rol activo, mirado ya como una figura del pasado con la aureola imborrable de la leyenda patria”

“En 1853, el general Lavalleja fue sacado de esa penumbra en que vivió tanto tiempo para ocupar su puesto en el Triunvirato. Su proclama dice “mi desgracia ha consistido en haber creído al Partido de Rosas, que me hablaba en nombre de la ley y de la Patria, para hacerme instrumento de sus infamias y maldades; pero Dios ha permitido que no muera sin poner la espada de Sarandí al lado del partido de Rivera, al cual he debido pertenecer toda mi vida ”.

Acerca de la muerte de Lavalleja se especula con la enfermedad ó con la culpa de Flores. En 1830, siendo gobernador había padecido de “la puntada” en el costado, probable afección cardíaca.

El testimonio de Mariano Ferreira aclara:

“Era yo entonces auxiliar del Ministerio de Hacienda, y serían las 4 p. m. Aproximadamente cuando me trasladé al despacho del presidente, con la orden de recoger la firma de éste, en los asuntos del Ministerio de los cuales era portador. Estaba Lavalleja sentado delante de su bufete, dando la espalda a las ventanas que miraban a la calle Washington, teniendo a su lado de pie, al ministro de gobierno, Juan Carlos Gómez, con quien conversaba. Impuesto del objeto que me llevaba, firmo el despacho y me retiré. Atravesaba yo el patio de la Casa de Gobierno en dirección a mi oficina, cuando oí voces y pasos precipitados detrás de mí, retrocedí para informarme de lo ocurrido y supe entonces que Lavalleja había caído fulminado por un ataque apoplético. Conducido a su casa, calle Zavala, entre Rincón y 25 de Mayo, me tocó hacer parte d e la Guardia de Honor que lo custodió esa noche”.

Melchor Pacheco agrega a la versión “hemos tenido la desgracia de perder al General Lavalleja, que sucumbió instantáneamente a un ataque de apoplejía fulminante. Estaba firmando una resolución cuando dijo que sentía algo en el brazo. Acabado de firmar se movió hacia la sala grande del Fuerte, se tiró en una silla y al instante perdió el conocimiento, siendo inútiles todos los auxilios porque en cinco cuartos de hora había rendido el alma”

El parte médico de la autopsia confirma que falleció de una congestión sanguínea en el cerebro. El acta registra las firmas de. Fermín Ferreira, Martín de Moussy, Bernardo Canstatt, Bartolomé Odiccini, Juan Correa, Teodoro Vilardebó, Juan Neves, Gabriel Mendoza, Enrique Muñoz y se agregan Alberto Flangini por el Ministerio de Gobierno y Juan José Aguiar, escribano.

Desde Yaguarón llegaron las condolencias de Rivera. Doña Ana Monterroso procede a realizar la última voluntad de su esposo: entregar a Melchor Pacheco la espada de Sarandí.

El decreto del gobierno establece: toque de campana y disparos de cañón en señal de duelo, luto oficial y bandera a media asta por 15 días, suspensión de actividades, asistencia de todo el gobierno, cuerpo diplomático y guarnición a sus exequias, erección de un monumento con inscripción en la Catedral, declara sus deudas como de la Nación, pago integro del sueldo y pensión de los 33 a su viuda.

En la Iglesia Matriz donde está enterrado reza la lápida “El pueblo oriental a su libertador. Al frente de 32 compañeros desembarcó en el Arenal Grande el 19 de abril de 1825 para libertar a su patria dominada por 8.000 soldados extranjeros. Sirvió a la patria 43 años; estuvo al frente de su primer gobierno, ganó la batalla de Sarandí y desempeñó varias veces los destinos más elevados y murió pobre”.

El 13 de enero de 1854, en viaje de regreso desde el Brasil, fallece en Melo a orillas del arroyo Conventos, Fructuoso Rivera. Venancio Flores queda dueño de la situación política del país.






BIBLIOGRAFIA

La siguiente bibliografía es una parte mínima de lo que en nuestro país se ha escrito de historias y biografías, textos para divulgación, investigaciones y alegatos. El trabajo del historiador tiene como magros resultados el silencio de las bibliotecas y el aprecio de los coleccionistas.

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